Capítulo 21: Frente a la verdad
INT. / BODEGA ABANDONADA / DÍA
Mariela comienza a despertar poco a poco viéndose amarrada de manos y pies a una silla como también amordazada. La mujer mira a su alrededor sin entender nada hasta que Eugenio aparece frente ella. Erick viene detrás de él con la cabeza baja.
Eugenio: Miren no más quién despertó…
Mariela alza la mirada y se impresiona un poco al contemplar el rostro cicatrizado de Eugenio. Él se inclina poniéndose a la altura a la que está sentada ella.
Eugenio: Un placer conocerla, doña Mariela (Bajándole la mordaza).
Mariela: (exaltada) ¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde me trajeron? Erick, ¿Qué es todo esto? ¡Explícame!
Eugenio: Sh, silencio. Muchas preguntas para una sola respuesta, señora. Trate de estar tranquila que nada malo le va a pasar si coopera con nosotros.
Mariela: ¿Cooperar? ¿Qué significa esto, Erick? (Desconcertada)
Erick sólo mantiene la cabeza bajar sin pronunciar palabra.
Eugenio: Yo le puedo explicar si me permite. ¿O prefieres hacerlo tú, Erick?
Erick sigue sin decir nada. Eugenio sonríe, vuelve a incorporarse y camina detrás de Erick al tiempo que habla.
Eugenio: Resulta y sucede, doña Mariela, que su sobrino político me ha hablado mucho de usted, ¿sabía?
Erick respira agitado intentando contenerse. Mariela escucha con atención, pero aún permanece desconcertada.
Eugenio: El hombrecito que usted ve aquí y que llegó a su casa pidiendo alojo no es más que un aprovechado, un maldito traidor que se las he querido dar de niñito rico, pero en el fondo no es más que una rata…
Eugenio, desde atrás, toma con brusquedad entre una de sus manos el rostro de Erick como si se lo exhibiera a Mariela. Ella mira con los ojos desorbitados.
Eugenio: Una rata que se vendió en un burdel a cuanto viejo le pagara por su cuerpo y uno de esos a los cuales se vendió fue a mí. Yo lo saqué de esa vida, le di todo, lo amé, pero él no valoró.
Eugenio suelta el rostro de Erick.
Eugenio: Él es el culpable de que ahora tenga mi cara así como usted la ve. Intentó matarme quemándome vivo, pero eso no es lo peor. Hay más. También se quiso aprovechar de usted y por poco la mata también.
Mariela: No tengo la más remota idea de lo que habla y ya no quiero seguir escuchando sandeces ¡Desátenme! (Intentando soltarse) ¡Desátenme o voy a gritar pidiendo auxilio!
Eugenio: Es mejor que se tranquilice, doña Mariela. Usted no querrá que su adorada hija termine pagando las consecuencias, ¿o sí?
Mariela se queda estática al escuchar aquello. Eugenio ríe ante ello.
Eugenio: Sí, doña Mariela. Antes de que me lo pregunte, yo lo sé todo y por eso es que usted está aquí. Usted es la que nos va a ayudar a salir de este país como tengo en mente.
Mariela: (pensativa) Entonces… Erick tú…
Eugenio: Sí. Tal como usted lo está pensando, señora. Erick siempre lo ha sabido. Yo lo sé también por cuenta de él. Erick es el que se ha encargado de mantenerla alejada a usted de esa hija que usted tanto se ha empeñado en buscar.
Mariela: (solloza) Erick… Erick, di algo. ¿Es todo esto cierto? (Erick no dice nada) ¡Respóndeme! ¿Todo lo que está diciendo este hombre es cierto? ¿Tú fuiste el infeliz que me chantajeó esa vez? ¿Fuiste tú?
Erick se siente incapaz de hablar; sus ojos se llenan de lágrimas y solo asiente despacio. Mariela niega con la cabeza sin poder creerlo.
Eugenio: ¿Lo ve? Todo este tiempo estuvo acogiendo en su casa a su peor enemigo sin que usted supiera.
Erick: (furioso) ¡Cállate ya, Eugenio! ¡Cállate ya, maldita sea, no más! (Cubriéndose los oídos)
Eugenio: ¿Qué pasa? ¿Te duele enfrentarte a tu consciencia? Es lo único que has sido. Una rata, un miserable, una perra que se deja deslumbrar por dinero y que es capaz de todo por él.
Erick: (llorando) Basta, no más, no más…
Erick se desvanece arrodillado en el piso llorando amargamente. Mariela también llora, pero de indignación.
Mariela: ¿Cómo pudiste, Erick? ¿Cómo pudiste jugar con algo tan serio y todavía aprovecharte para sacarme dinero? ¿Cómo pudiste después de que te abrí las puertas de mi casa y de todo el aprecio que Matt te tiene?
Erick: Yo no tenía más opción. Llegué a este país solo, sin un peso en los bolsillos, huyendo de una vida de mierda y cuando supe de tu secreto, lo único que se me ocurrió fue eso.
Mariela: Tú no tienes justificación. Hasta te di trabajo en mi empresa para que ganaras un sueldo digno y manejaras tu propio dinero. ¿Qué necesidad tenías de caer tan bajo?
Erick: Un sueldo digno jamás me hubiera alcanzado para salir de este país cuando tuviera oportunidad. Yo sólo quería que me dieras el trabajo para estar cerca de Matt. Él fue mi único motivo para haber venido aquí.
Mariela: Matt nunca se va a fijar en ti hagas lo que hagas. Inocente él que te cree una víctima cuando no eres más que una basura.
Erick: ¡Tú no sabes nada de mí! ¡Cállate!
Mariela: No necesito saber más para darme cuenta de las cosas. Tú y este tipo son tal para cual por lo que puedo ver, así que no te hagas la víctima.
Eugenio: En eso estamos de acuerdo, señora. Erick no es ninguna víctima. Es más astuto y más zorro de lo que usted y yo creemos. ¿O debería decir zorra?
Eugenio se ríe a carcajadas. Mariela lo mira de mala forma al igual que Erick.
Mariela: ¿Qué pretenden hacer conmigo? ¿Por qué me trajeron acá?
Eugenio: Por lo que le dije hace un rato. Usted y sus millones nos van a ayudar a salir de este país. Estoy en la mira de la interpol y no me queda mucho tiempo.
Mariela: ¿Van a pedir un rescate por mí?
Eugenio: De ninguna manera. No soy tan idiota. Hacer eso sería llamar la atención de la policía y no me conviene. Más fácil será otra persona muy cercana a usted la que nos va a traer el dinero.
Mariela: (desconcertada) ¿Otra persona?
Eugenio: (a Erick) Ve y toma el celular de la vieja.
Erick se levanta del piso y saca el celular de Mariela de la bata que ella trae puesta, pues cabe recordar que cuando fue secuestrada estaba en pijama.
Mariela: ¿Qué se traen entre manos, par de miserables? ¿Qué van a hacer con mi celular?
Eugenio: (a Erick) Envíale un mensaje de texto a la secretaria esa, a la tal Margarita Romero. Dale la dirección del lugar y escríbele lo que te voy a decir.
Mariela se impacta al escucharlo. Erick, por su parte, se desconcierta.
Erick: (desconcertado) ¿Por qué al esperpento?
Eugenio: Porque vamos a organizar un encuentro de madre e hija. Hermoso, ¿no?
Mariela: (exaltada) Esperen, no le vayan a hacer daño. Hagan lo que quieran conmigo, pero a ella no. Se los suplico (Desesperada).
Eugenio: Mi investigador privado no se equivocó entonces.
Erick: ¿Qué quieres decir?
Eugenio: Que doña Mariela ya está enterada de que la secretaria es su hija. Él me dijo que se reunió hace unos días en el hospital con la madre de crianza de la tipa esa, con Lorenza Romero.
Erick se sorprende al saber que Mariela ya sabía la verdad.
Mariela: Por favor, se los pido. No involucren a Margarita en esto. Yo les puedo dar todo el dinero que quieran, pero no le hagan daño, por lo que más quieran.
Eugenio: Yo no tengo ningún interés en hacerles daño a ninguna de las dos si todo me sale como lo planeo, doña Mariela. Tranquila. Es sólo que la muchachita es una atolondrada y con ella no voy a levantar sospechas.
Erick: ¿Estás seguro de hacer esto?
Eugenio: Sí, ya no hay marcha atrás. Tú encárgate de mandarle el mensaje haciéndote pasar por la vieja y pidiéndole que vaya al banco para que retire dos millones de dólares a su nombre.
Erick: Es muchísimo dinero, Eugenio. El banco se va a negar a aprobar un retiro de esa cantidad.
Mariela: Erick tiene razón. Además, la única que pueda hacer ese retiro personalmente soy yo. Es mejor que me dejen libre para hacerlo yo misma y haré de cuenta que esto nunca pasó.
Eugenio: No trate de verme la cara de estúpido, doña Mariela. Además, yo ya había pensado en eso. Usted misma va a llamar a su amigo, el gerente del banco, para que autorice el retiro y le va a decir que es urgente. ¡Problema resuelto!
Mariela se siente resignada ante ello.
Eugenio: (a Erick) En cuanto a ti, apúrate y haz lo que te dije. Mándale el mensaje de texto a la fea que tanto detestas. No hay tiempo que perder. Para mañana ya debemos estar en otro país.
Erick, sin más opción, comienza a digitar el mensaje en el celular. Eugenio observa con satisfacción mientras que Mariela expresa cuán impotente se siente temerosa a lo peor.
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE LORENZA / DÍA
Está casi atardeciendo. Margarita ya ha salido del trabajo y ha ido a visitar a su madre adoptiva al hospital. Lorenza, al verla, se acomoda en la cama y sonríe.
Lorenza: (aliviada) ¡Margarita, hija!
Margarita: (indiferente) Hola.
Margarita se acerca a ella.
Lorenza: Me habían dicho que habías cambiado, pero no me imaginé que tanto, pero bueno. Cuéntame cómo estás. Me tuviste con el corazón en la mano todos estos días sin saber nada de ti. ¿En dónde te habías metido?
Margarita: En ninguna parte. Tú bien sabes que trabajo a tiempo completo y estos días han pasado varias cosas.
Lorenza: De todas maneras, me alegra muchísimo que hayas venido, porque pensé por un momento que ya te habías cansado de lidiar conmigo y hasta si fuera así ni te culparía. Yo no he sido la mejor de las madres contigo.
Margarita: Tranquila, ya no te des tan duro. Yo sé que a pesar de todo tú, a pesar de todo, haz hecho lo que has podido y eso es lo que importa.
Lorenza: Igual eso no me impide ver mis errores y la vez que te pedí perdón, créeme que lo hice de todo corazón. Por eso, esta segunda oportunidad no la pienso tirar por la borda. Te prometo que voy a cambiar.
Margarita: (seria) Eso espero.
Lorenza: Pero ¿por qué traes esa cara, niña? Deberías estar contenta sabiendo que por fin tú y ese hombre del que estás tan enamorada ya son novios.
Margarita: (extrañada) ¿Cómo te enteraste de eso? Yo no te lo he contado.
Lorenza: Ah, bueno… Es que, no sé, se me pasó por la cabeza. El amor nos pone bonitas a las mujeres y mírate nada más tú cómo estás. Pareces modelo de revista (Sonriendo).
Margarita: (poco convencida) Pues si tú lo dices…
Lorenza: Entonces, ¿no me equivoco? ¿Tú y ese muchacho sí son novios oficiales ya?
Margarita: (esbozando una sonrisa) Sí y la verdad nunca me esperé que él llegara a sentir lo mismo por mí, nadie lo pensó. Todos me pedían que me alejara de él, hasta tú me lo pediste varias veces.
Lorenza: Sí, es verdad, pero ya las cosas han cambiado con decirte que, por mí, hasta se pueden casar hoy mismo si quieren. Yo no tendría problema.
Margarita: (riendo levemente) Pues no te niego que me encantaría, pero las cosas a su tiempo. Matt ahora tiene muchos problemas y yo también tengo unas cuantas cosas por ahí pendientes que solucionar.
Lorenza: ¿Qué cosas? ¿Te refieres a tu apariencia? Porque así estás divina. Yo no considero que necesites cambiar nada más.
Margarita: No, no tiene que ver con mi apariencia. Es más que eso y te incluye a ti.
Lorenza: (extrañada) ¿A mí? ¿Qué quieres decir?
Margarita respira hondo tomando impulso para lo que va a decir y aunque le tiembla un poco la voz, se atreve.
Margarita: Voy a tratar de ser directa, aunque me cueste un poquito.
Lorenza: Bueno, dime. Me estás empezando a asustar. ¿De qué se trata?
Margarita: Te escuché hablando con el padre Armenteros hace unos días que vine a visitarte. Oí perfectamente todo lo que hablaron.
Lorenza desencaja el rostro al escuchar a Margarita.
Margarita: Escuché absolutamente toda la verdad y ya sé que tú no eres mi madre, sino doña Mariela.
Lorenza siente que se le acelera la respiración y es incapaz de encarar a la muchacha.
Margarita: Por eso espero que tengas una buena explicación y no quiero mentiras. Quiero que me cuentes la verdad y quiero escuchar qué tienes para decir al respecto, así que te escucho.
Margarita la ve seriamente y decidida a saber la verdad de su origen.
INT. / VECINDAD, CASA DE ADRIÁN / DÍA
Isabela se encuentra haciéndola una visita a su ahora prometido, quien le está haciendo un masaje en los pies. Ella viste una bata y tiene el cabello envuelto en una toalla como si estuviese en un spa. También bebe café y lee una revista.
Isabela: ¡Auch! Trata de ser más delicado, mi corazón. Me duelen los callos. Debes hacerlo con amor.
Adrián: Hago lo que puedo, doñita, pero no me puede pedir que le haga suave si tiene los pies bien puercos. Es que hasta parecen pezuñas de bestia.
Isabela le pega en la cabeza con la revista.
Adrián: (adolorido) ¡Argh! ¿Qué le dio ahora? ¿Por qué me pega?
Isabela: Por llamarle a mis preciosas extremidades “pezuñas”. ¿Te parece poco? Mis pies son tan delicados como los de una cenicienta, así que cierra la boca y continúa en lo tuyo (Vuelve a leer la revista).
Adrián: Es que es la verdad, no se me enoje. Mírese usted misma. Parecen pies de campesino o de obrero o qué sé yo. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en el spa?
Isabela: (nerviosa) Eh, ¿la última vez? Pues no recuerdo. Tú sabes que voy muy frecuentemente y ya hasta perdí la cuenta.
Adrián: Sí, ¿cómo no? Yo diría que más bien perdió la cuenta de cuánto debe pagar. Hace poco le llegó una correspondencia en la empresa en la que el spa le cobraba por unos atrasos en las cuotas de la membresía. Algo así alcancé a leer.
Isabela: ¡Ah! ¡Eso! Bueno, es que… En fin. ¿A ti qué te importa? Deja de desconcentrarte y sigue con tu trabajo que para eso vas a ser mi esposo.
Adrián: Pues si esto es el desayuno, no me imagino el almuerzo…
Isabela: (confundido) ¿Qué quieres decir con eso, niño Adrián? ¿Insinúas que te estás arrepintiendo de casarte conmigo? Porque si es así, ya me puedo ir quitando tu cochino anillo de compromiso.
Adrián: Ay, ya, doña Isabela. Déjese de bobadas que ya está bien grandecita o más bien grandota para ponerse con niñerías. Cálmese. Con tal de que usted esté a gusto, no tengo problema en hacerle los masajes que usted quiera (Sonriéndole).
Isabela: Gracias, mi corazón. Yo sabía que tú no me ibas a defraudar.
Adrián: Mejor dígame qué lee tan entretenida en esa revista. ¿Qué hay ahí de interesante?
Isabela: Muchísimo. Estoy buscando el vestido de novia que usaré para el día de nuestra boda para verme como todo un ángel celestial y de paso te estaba buscando a ti el traje.
Adrián: Pero todo eso que hay ahí en esa revista es costoso, doña Isabela. Yo no creo que tenga el presupuesto para pagar la boda con la que usted se sueña.
Isabela: Tú tranquilo, niño Adrián. Estoy segura que mi amiga la Mary me va a prestar el dinero para los preparativos de nuestra boda. Todo se lo voy a poner a su cuenta por adelantado, así que no te preocupes.
Adrián: ¿Está segura? ¿No sería mejor avisarle primero?
Isabela: Por supuesto que no, cariño. De hacerlo, me dirá que no. Además, le diré que tome el préstamo como mi regalo de bodas a la fuerza. Ingenioso, ¿no? Como todo lo que hago.
De repente, tocan la puerta de la humilde casa.
Adrián: Qué raro. ¿Quién será?
Isabela: (con los ojos entrecerrados) ¿Estás esperando a alguien? ¿Tal vez a una culi sucia ofrecida?
Adrián: Pues claro que no, doña Isabela. No empiece con lo mismo otra vez.
Isabela: (alertada) Entonces no abras, mi corazón. Pueden ser algunos malandros puercos que desean secuestrarme, aunque pensándolo bien, eso me conviene. Pueden pedir un rescate millonario por mí y así yo me encargaría de hacer tratos para que partamos por mitad.
Isabela se desacomoda un poco la bata para verse más provocativa. Adrián la mira con los ojos entrecerrados.
Isabela: ¿Qué miras? De esa manera, tendríamos el dinero para nuestra añorada boda, niño Adrián. Apresúrate y abre.
Adrián suspira y niega con la cabeza para luego dirigirse a abrir la puerta. Una vez lo hace, el hombre se topa de frente con Eloísa Charles.
Eloísa: (muy seria) Buenas tardes.
Adrián: (sorprendido) ¿Usted aquí?
Eloísa guarda silencio dibujando una sutil sonrisa de malicia en su rostro.
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE LORENZA / DÍA
Margarita acaba de encarar a Lorenza para darle a entender que ya se ha enterado de la verdad de sus orígenes. Lorenza luce impresionada sin saber qué decir.
Lorenza: (entrecortada) Ma… Margarita, yo… Yo no sé qué decirte, no… Yo no pensé que tú…
Margarita: (la interrumpe) ¿Pensaste que nunca me iba a enterar? ¿Hasta cuándo pensabas ocultarme algo tan importante? Es que hasta esa palabra queda corta para una verdad como esta, mamá, si es que te puedo llamar así (Dolida).
Lorenza: Margarita, no me digas eso. Tú no te alcanzas a imaginar lo difícil que ha sido para mí haber ocultado ese secreto.
Margarita: Entonces, ¿qué pretendes qué te diga? ¿Quieres que te felicite o que te aplauda? Tú no tienes idea de lo difícil que fue para mí saber que la mujer que pensaba que me había dado luz no es mi verdadera madre. Casi me vuelvo loca (Solloza).
Lorenza: Yo me imagino cómo te estás sintiendo. Por eso me acobardé y quise callar, pero mi intención jamás fue hacerte daño.
Margarita: Entonces, si no querías eso, ¿por qué te empeñaste en ocultarme una verdad de esa magnitud? Yo tenía derecho a saberlo. Tenía derecho a escuchar una explicación de tu parte cuando tuviera la edad. ¿Por qué te lo callaste?
Lorenza: (llorando) Porque yo no te quería perder. Por eso callé. Para mí tú siempre has sido mi hija, así no te haya llevado en el vientre.
Margarita: Pero no lo soy. Yo no soy tu hija y no te alcanzas a imaginar lo que duele tenerlo que asumir. Duele aquí como no tienes idea (Tocándose la garganta).
Lorenza: (llorando) Yo sé qué te duele y a mí me duele igual. Tantos años cargando con esa verdad lo que hicieron fue debilitarme y aquí me tienes postrada en esta cama, recuperándome. Para mí tampoco ha sido fácil
Margarita: Mucho menos para mí. Estos días han sido una tortura sin entender absolutamente nada, mucho menos me cabe en la cabeza cómo es que de la noche a la mañana doña Mariela resulta ser mi verdadera madre. ¿Qué es todo esto? Explícame, por favor, porque no entiendo. Toda mi vida viví engañada y ya es justo que sepa la verdad.
Lorenza: Yo sé que estás muy confundida y mereces una explicación, pero yo no soy quién para dártela, no en este momento. Entiéndeme.
Margarita: Entonces, ¿cuándo va a ser el momento según tú?
Lorenza: Trata de entender, Margarita. Te lo suplico.
Margarita: Quien te suplica aclarar esto de una vez por todas soy yo. Te estoy dando la oportunidad de escucharte ahora porque no estoy dispuesta a seguir viviendo en esta incertidumbre. ¿Qué más estás esperando para darme la explicación que necesito?
Lorenza: Es que Mariela también tiene que estar presente.
Margarita: ¿Ella lo sabe?
Lorenza cierra los ojos y asiente despacio con la cabeza. Margarita niega con la cabeza muy dolida y se sienta sobre una silla abrazándose a sí misma.
Lorenza: Mariela también se enteró hace poco. No pienses mal. Yo misma la llamé para que viniera y fue ella la que me pidió que esperáramos un tiempo para hablar las tres.
Margarita: Ahora entiendo por qué se puso más cariñosa y atenta conmigo que nunca.
Lorenza: Sí y todo lo ha hecho para ganarse tu cariño. Para ella, todos estos años separada de ti fueron un completo infierno. Mariela te buscó incansablemente y yo siempre impedí que te encontrara.
Margarita: ¿Tú?
Lorenza nuevamente asiente entre lágrimas con la cabeza.
Margarita: ¿Por qué? ¿Por qué hiciste eso? (Desconcertada)
Lorenza: Mariela era una mujer muy pobre cuando te tuvo, Margarita. Ella y yo veníamos de un pueblo lejos de aquí. Éramos buenas amigas, pero ella estaba sola en esta ciudad, sin trabajo y sin quien le tendiera la mano.
Margarita escucha con atención.
Lorenza: Resultó embarazada de un mal hombre que la dejó cuando se enteró y cuando te dio a luz, lo único que se le ocurrió fue ponerte en mis brazos para que yo me hiciera cargo de ti mientras ella podía volver. Tú no tenías ni siquiera nombre.
Margarita llora conmovida al escuchar su historia de vida. Lorenza también lo hace, aunque intenta contenerse para hablar con claridad.
Lorenza: Tú eras tan pequeña, tan inocente. Cuando sonrías parecías una flor y a mí se me ocurrió ponerte Margarita y ya con el tiempo, me empecé a encariñar contigo. Despertaste en mí ese amor de madre y poco después resulté embarazada de Beto. Ahí fue cuando me vi obligada a irme lejos con ustedes dos de la mala vida que nos daba el patán de mi marido.
Margarita: ¿Después doña Mariela empezó a buscarte?
Lorenza: Sí, pero yo siempre me escondí e hice de todo para que no nos encontrara. Me enteré que se había casado y su vida había mejorado, pero yo no quería que ella te apartara de mi lado. Por eso era que nos cambiábamos de casa o de barrio constantemente. Quería que Mariela perdiera todo rastro de nosotras y que nunca nos encontrara hasta que…
Margarita: Hasta que yo resulté trabajando para ella en su empresa. La vida nos puso a las dos de frente sin imaginarnos el lazo que nos unía. Dios mío (Perturbada).
Margarita se pone de pie y le da la espalda a Lorenza tratando de asumir tal revelación.
Lorenza: Yo sé lo que estás pensando. Tanto que me empeñé en impedir que se encontraran y terminaron haciéndolo sin que yo pudiera hacer nada. Por eso te insistía tanto que dejaras ese trabajo cuando el padre Armenteros me dijo que Mariela Díaz de Uzcátegui era la dueña de empresa.
Margarita de nuevo se voltea y encara a Lorenza mirándola dolida.
Margarita: De seguro también pensaste que Matt y yo éramos hermanos. Por eso me pedías con tanta insistencia que no me ilusionara con él.
Lorenza: Sí, pero ya luego me enteré por boca del padre que estaba equivocada y que era el hijastro de Mariela.
Margarita: Eso no es lo que importa. ¿No te das cuenta que, de haber sido así, yo me hubiera enamorado de mi propio hermano? Y tú te empecinaste en seguir callando permitiendo algo así. ¿Cómo pudiste? (Reclama muy indignada)
Lorenza: Yo sé que estuvo muy mal, Margarita y te juro que me arrepiento en el alma de haber hecho las cosas mal desde un principio.
Margarita la mira negando indignada con la cabeza y se dispone a abandonar la habitación. Lorenza la llama.
Lorenza: ¡Margarita!
Margarita se detiene aún dándole la espalda a Lorenza, quien se sienta en la cama.
Lorenza: Yo sé que fui egoísta. Yo reconozco que fui mala y que cometí un error gravísimo, y ahora estoy pagando por ese estúpido capricho mío de haberte querido retener a mi lado, pero trata de compadecerte de mí, por favor.
Lorenza se desgarra a llorar amargamente. Margarita guarda silencio y voltea a mirar con lástima a Lorenza, quien comienza a hincarse lentamente.
Lorenza: Tan solo te suplico que trates de perdonarme, te lo pido. Perdóname, Margarita. ¡Perdóname!
Margarita no tarda en ayudarla a levantarse del piso y a sentarla de nuevo en la cama.
Margarita: No tienes que hacer esto y tampoco te puedes parar de la cama Tienes que guardar reposo. Si no, nunca te vas a recuperar.
Lorenza: En este momento no me importa mi vida ni lo que pase conmigo. Yo sólo necesito que tú me perdones por haberte hecho tanto daño.
Margarita la mira con los ojos vidriosos y un nudo en la garganta.
Lorenza: A lo mejor tú no me creas, pero tú eres lo más valioso que he podido tener junto con tu hermano, y yo sé muy bien que ahora debes estar odiándome por haberte mentido, pero me equivoqué, hija y solo quiero que sepas que te amo, y que siempre vas a ser mi niña, aunque yo no sea tu madre ni merezca que me llames así.
Margarita se queda pensativa durante varios segundos hasta que rompe el silencio.
Margarita: Yo te perdono, mamá. De verdad, te perdono de corazón.
Lorenza: (conmovida) Margarita…
Margarita: Y para mí, sí mereces que te siga llamando “mamá”, porque eso eres, independientemente de lo que hayas hecho, y a una madre se le perdona todo.
Lorenza: ¿Me estás hablando en serio?
Margarita asiente con la cabeza y le acaricia el rostro a Lorenza con ternura tragándose sus lágrimas.
Margarita: Yo no te niego que me siento muy dolida por esta situación, pero nunca podría dejar de verte como mi mamá. Tú siempre estuviste a mi lado y lo que soy hoy te lo debo a ti. Tú siempre vas a ser mi mamita y eso nada lo va a cambiar.
Lorenza: (desconsolada) Margarita, yo no merezco tanto de tu parte.
Margarita: Tranquila. Tal vez no seremos madre e hija de sangre, pero sí de corazón y eso para mí tiene todo el valor del mundo.
Lorenza: Ay, Margarita…
Las dos no tardan en unirse en un fuerte abrazo llorando desconsoladas durante varios segundos.
Margarita: Te quiero mucho, mamita. Nunca lo olvides.
Lorenza: Y yo a ti.
Detrás de la puerta de la habitación, se enfoca al padre Armenteros quien al parecer ha escuchado toda la conversación y puede verse que derrama una lágrima al tiempo que sonríe.
Armenteros: Yo lo sabía. Margarita es el ser más noble que puede haber. Gracias, Dios mío.
El sacerdote presiona feliz el crucifijo que cuelga de su cuello sin dejar de sonreír aliviado.
INT. / VECINDAD, CASA DE ADRIÁN / DÍA
Eloísa ha ido personalmente a la casa de vecindad en la que ahora reside Adrián, siendo escoltada por un alto chofer.
Isabela: (desde adentro) ¿Quién es, niño Adrián? No hagas trato con mis secuestradores sin mi consentimiento, eh.
Eloísa desdibuja su sonrisa de malicia y pasa sin pedir permiso empujando de hombro a Adrián. Isabela, quien está sentada, la mira sorprendida.
Isabela: ¡Oh, santo cielo! En mi vida me imaginé que enviaran una pasa a secuestrarme. Hasta a mi madre se parece.
Eloísa: ¡Cállate, imbécil! ¿Que no ves que soy yo?
Isabela: (levantándose) ¿Mamá? ¿De verdad eres tú?
Eloísa: Por supuesto. ¿Tan pronto te olvidaste de que tenías madre? Pero no me extraña. Desde el momento en que decidiste pasar por encima de mí, cualquier cosa me podía esperar.
Adrián: (muy serio) ¿Qué está haciendo usted aquí, señora? ¿Es que acaso no le bastó con haberme mandado a golpear con esos tipejos? ¿Qué hace pisando mi propiedad?
Eloísa: (sarcástica) ¿Propiedad esta pocilga que para colmo es rentada? Tú no tienes ni en qué caerte muerto, así que no te des ese lujo de echarme.
Isabela: Es mejor que te vayas, mamá. Está visto que tú solo te apareces a importunar nuestras vidas, así que largo.
Isabela le señala con el dedo índice la puerta a Eloísa. Ésta alcanza a notar entre uno de los dedos de su hija el anillo de compromiso.
Eloísa: Es increíble que te convirtieras en tan poca cosa como para comprometerte con un pordiosero, Isabela.
Isabela: ¡Pues sí! Me voy a casar con él y nada ni nadie me va a hacer cambiar de opinión, ni siquiera tu bastón con el que tantas palizas me diste de niña.
Eloísa: Pues no estaría de más darte otra paliza en tu cabeza hueca a tus casi sesenta años a ver si reacciones.
Isabela: ¡Blasfemia! ¡Estoy en los cuarenta!
Eloísa: (furiosa) Cierra la boca. Tu edad es lo que menos importa y si me tomé la molestia de venir a este nido de ratas en persona fue para hacerte entrar en razón por última vez. Tú no te puedes enredar con este pordiosero. ¡No puedes, Isabela! (Desesperada)
Isabela: El niño Adrián no es ningún pordiosero. Es un hombre maravilloso al que amo con toda mi alma, madre, pero tú no sabes de eso porque nunca has amado a nadie.
Eloísa: Entonces, ¿debo dar por sentado que prefieres deshonrarme a mí que soy tu madre por casarte con éste?
Isabela: Para mí ya es difícil verte como mi madre desde el momento en que mandaste unos matones a que le dieran una paliza. Caíste tan bajo y eso es algo que no te perdono.
Eloísa: Está bien. Veo que es inútil hacerte entender por las buenas, así que tendrá que ser por las malas.
Isabela: ¿Me estás amenazando de nuevo?
Eloísa se adentra en la casa dándole la espalda a Isabela y a Adrián, quienes la miran con recelo.
Eloísa: Digamos que no estoy dispuesta a permitir que mi única hija sea el escarnio y el hazme reír de toda la ciudad.
Eloísa vuelve a encararlos lanzándoles una mirada fulminante. Adrián abraza a Isabela de lado.
Eloísa: Tú podrás hacer lo que se te venga en gana, Isabelita, pero mientras yo esté con vida, voy a conservar ese legado de mujer intachable que mi madre, mi abuela y demás matriarcas me heredaron.
Mientras Eloísa habla, el chofer, quien está de pie en el umbral de la puerta, saca de su saco un paquete de cocaína y lo pone dentro del cajón de una cómoda. Isabela y Adrián no pueden verlo, pues ambos están de espaldas.
Eloísa: Y no pienso permitir que tú dañes ese legado que nuestra familia tanto se ha esforzado en mantener. ¿Te queda claro?
Isabela sólo le saca la lengua a su madre de forma infantil, quien la mira con desprecio y se va acompañada del chofer. Adrián cierra la puerta.
Adrián: Por favor, no le vaya a hacer caso a las amenazas de esa vieja amargada, doñita.
Isabela: Tú tranquilo, niño Adrián. Tampoco pensaba permitir que me indispusiera con su visita. Yo me voy a casar contigo, aunque a mi madre le guste o no. Esta vez no pienso dejar que dañe mi felicidad.
Adrián le sonríe y le da un beso para luego abrazarla. Isabela le corresponde. Entretanto, Eloísa, sube a su auto, pero antes de hacerlo mira con burla la fachada de la vecindad.
Eloísa: Muy pronto el novio pordiosero de la travestona de mi hija va a pasar un buen tiempo en prisión, encerrado y privado de la libertad como lo que es, una rata. Vámonos, Javier.
El chofer le abre la puerta de los asientos traseros del auto a la anciana, quien sube y luego él procede a hacer lo mismo, pero en el asiento delantero para disponerse a conducir.
INT. / HOSPITAL, SALA DE ESPERA / DÍA
Entretanto, en el mismo hospital, pero en la sala de espera, Matt sigue aguardando noticias de Andrea. Iván hace aparición en la escena y le entrega un café en un vaso reciclable.
Iván: Ten. Lo necesitas.
Matt: Gracias, hermano. Me siento como muerto (Bebe un sorbo del café). Desde ayer no he tenido paz con todo esto que pasó con Andrea.
Iván: (sentándose a su lado) Sí, me imagino. Veo que a pesar de todo el fondo ella todavía te importa un poco, ¿no?
Matt: Sí, pero no como piensas. Me preocupa como me preocuparía por cualquier persona, pero yo ya no siento nada por ella. Andrea es pasado para mí y eso es lo que no ha podido entender.
Iván: ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Vas a denunciarla por intento de homicidio?
Matt: Quiero esperar a que me den noticias de su estado para tomar una decisión, aunque pensándolo bien, sí va a ser mejor acudir a la policía. Andrea está fuera de control y puede intentar atacarnos de nuevo y hasta hacerle daño a Margarita, y no quiero eso.
Iván: Algo me dice que hay una persona que podría sernos de mucha ayuda para ponerle un alto a Andrea de una vez por todas.
Matt: (extrañado) ¿Una persona? ¿A quién te refieres?
Iván: Conozco una señora, muy humilde ella. Andrea la odia por alguna razón y cada vez que la va a buscar, la humilla refeo. Algo pasó entre ellas, pero no sé qué lazo tienen.
Matt: Eso sí me toma por sorpresa. Andrea no tiene parientes hasta donde sé, pero… (Pensativo) ¿Cómo es que tú sabes eso? ¿Cómo conociste a la señora esa que dices?
Iván: (suspirando) Es una larga historia, Matt. Precisamente por eso necesitaba hablar contigo y ya no me siento bien ocultándote esto.
Matt: (extrañado) ¿Ocultarme qué? ¿Qué sabes tú, Iván?
De repente, ambos son interrumpidos por el doctor a cargo de Andrea.
Doctor: Buenas tardes. ¿Familiares de la señorita Andrea Benavente?
Matt e Iván se ponen de pie al mismo tiempo.
Matt: Yo soy su exnovio, doctor. ¿Cómo está ella? ¿Por qué se tomaron tanto tiempo en darme noticias?
Doctor: Tuvimos una serie de complicaciones durante la cirugía. Había una hemorragia interna bastante grave, pero afortunadamente ya la detuvimos y ella se encuentra fuera de peligro.
Matt e Iván se miran aliviados.
Matt: Bueno, me da gusto escuchar eso. Por lo menos está bien. ¿Qué hay del bebé?
Doctor: ¿Usted era el padre?
Matt: Hum, algo así. Estábamos por demostrarlo, pero díganos qué pasó.
Iván: (preocupado) Sí. ¿Por qué dice era? ¿Es que acaso…?
Doctor: Me temo decirles que, por la gravedad del accidente, no pudimos hacer nada por el feto. Además, hubo ciertos daños internos en su organismo, por lo que muy probablemente la señorita Benavente no podrá tener hijos.
Matt se sorprende al escuchar la noticia. Iván, aunque igualmente sorprendido, luce devastado.
Iván: ¿Ella ya despertó?
Doctor: Todavía está bajo la anestesia, pero seguramente lo hará en un par de horas por si alguno quiere pasar a verla. Con permiso.
El doctor se retira de la sala de espera. Iván se frota el rostro con uno de sus manos.
Matt: Qué mal. Lo siento mucho por ella. Yo sí me temía que el accidente iba a complicar el embarazo, pero no que la afectara al punto de no poder volver a tener más hijos.
Iván: Pobre. Cuando se entere, no le va a caer nada bien la noticia. Es que no me quiero ni imaginar.
Matt: Pero se va a enterar de todos modos. Podrá sonar muy cruel, pero ella misma se provocó todo esto. Nadie la obligó. Lo que me perturba es saber que sí estaba embarazada.
Iván: (pensativo) ¿Vas a hablar con ella ahora que despierte?
Matt: Sí, aunque no va a ser fácil, pero es mejor que la enfrente de una vez y le diga la verdad antes de que se entere por otra parte.
Matt suelta un suspiro de desaliento frente a la situación. Iván lo mira con culpa.
INT. / HOSPITAL, PASILLOS / DÍA
Margarita sale de la habitación de Lorenza luego de la larga plática que tuvieron cuando escucha que alguien la llama por su nombre.
Armenteros: ¡Margarita!
Margarita voltea a ver y sonríe levemente al ver al sacerdote.
Margarita: Hola, padre. ¿Cómo le va?
Armenteros: Bien, hija. Venía a visitar a Lorenza, pero veo que tú te me adelantaste y no sólo eso, ya hablaste con ella.
Margarita: ¿Usted nos escuchó?
Armenteros: (asintiendo con la cabeza) Sí y no lo pude evitar. Yo sólo te quería dar las gracias por tu nobleza. Dios te va a bendecir de la manera que menos te imaginas por ese gran corazón.
Margarita: Tenía que perdonarla, padre. Ella, después de todo, me adoptó y no me dejó sola nunca. ¿Cómo no verla como esa mamita que siempre ha sido la luz de mis ojos?
Armenteros: Y no solo. Imagínate el peso tan grande que le quitaste de encima a una mujer que cargó una cruz tan pesada por tantos años. Tú sabes que los seres humanos somos a veces los mismos fabricantes de nuestras propias cruces y ese fue el caso de Lorenza, pero ella está arrepentida y eso es lo que cuenta.
Margarita: Sí. Tiene usted razón. Por ahora, me queda es ajustar cuentas con doña Mariela. Es que ni sé cómo se lo voy a decir. Pensar que ella es mi verdadera madre. Todavía ni me lo creo.
Armenteros: Para Mariela será una dicha. Ella también ha sufrido muchísimo y nada la haría más feliz que tenerte contigo, pero todo a su tiempo. Dios las va a compensar con tiempo de sobra.
Margarita: Dios quiera que sí, padrecito, porque me haría muy feliz eso. Yo siempre he estimado mucho a doña Mariela, pero ahora que sé la verdad, la quiero más. Para mí no será difícil verla como mi madre si ya desde hace rato se venía portando conmigo como si lo fuera.
Armenteros: Me alegra muchísimo oírte hablar así, pero no me dejes atrás a mí. Créeme, muchacha, que yo era el más interesado en que se supiera la verdad, pero me callé porque Lorenza me lo dijo en secreto de confesión y me era imposible romper con eso por el hábito.
Margarita: (sonriéndole) Despreocúpese, padrecito. Yo lo entiendo perfectamente. Por ahora lo importante es que ya no hay nada que ocultar y vamos a estar en paz.
De repente, el celular de la muchacha recibe un mensaje que emite un sonido.
Margarita: Ay, chispas. Debe ser un mensaje de Matt. Con tanto ajetreo, no hemos podido hablar en todo el día. Vamos a ver qué me dijo.
Margarita saca su celular del bolso y revisa el mensaje, pero frunce extrañada el ceño al leerlo. Armenteros lo nota.
Armenteros: ¿Pasa algo, Margarita?
Margarita: Hum, pues no sé. Doña Mariela me acaba de escribir pidiéndome que vaya al banco y retire cierta cantidad de dinero a su nombre. Mire usted.
Margarita le muestra en su celular el misterioso mensaje al sacerdote, quien se extraña de igual manera que la muchacha.
Armenteros: ¿Mariela te mandó a decir eso?
Margarita: Eso parece, pero se me hace extraño, porque ella nunca antes se había comunicado conmigo y mucho menos para pedirme una diligencia así.
Armenteros: ¿Y estás segura que se trata de la misma Mariela? Ten cuidado y no sea una estafa. Hay delincuentes muy hábiles que se hacen pasar por otras personas solo para robar a los incautos.
Margarita: Pues no creo, padre. El mensaje viene de doña Mariela porque este es el número de celular de ella. Extraño sí es, pero aquí también dice que es urgente. ¿Qué tal si tiene un problema y por eso necesita la plata?
Armenteros: Yo siendo tú me aseguraría. Me parece de mala espina que andes sola por ahí con tanto dinero. ¿Por qué no llamas a Matt y van juntos?
Margarita: Matt ahorita debe andar superocupado y, además, tiene muchos problemas en la cabeza como para sumarle uno más. Mejor me encargo yo y no lo molesto.
Armenteros: De verdad que lo que tienes de noble, lo tienes de necia, muchacha, pero bueno. Ten muchísimo cuidado por ahí.
Margarita: Gracias, padrecito. Voy a ir al banco antes de que cierren para hacerle este favor a doña Mariela. Si me lo pidió con tanta urgencia, por algo habrá de ser. Hasta luego.
Armenteros: Hasta luego. Ve con Dios (Bendiciéndola).
Margarita se va con prisa del hospital. Armenteros se queda viéndola, poco convencido y algo preocupado.
CONTINUARÁ…











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