Capítulo 23: Madre e hija

INT. / AUTO DE IVÁN / NOCHE

Iván va conduciendo su auto viéndose notablemente pensativo después de su plática con Matt en el hospital. El hombre suelta un suspiro y habla para sí mismo.

Iván: Matt no me va a perdonar nunca el haberle ocultado la verdad. Perdí un amigo por idiota, por prestarme al juego de una mujer que sólo me tenía de títere. Imbécil es que soy.

Iván no puede evitar sentir cierta impotencia y empuñando una de sus manos, le pega al volante mientras niega con la cabeza. Para en un semáforo en rojo y ve precisamente al frente a Agustina acompañada de Armenteros cruzando la calle.  

Iván: Esa señora… Es la misma que vi en el edificio donde vive Andrea.

Agustina y el sacerdote terminan de cruzar la calle y siguen su camino mientras platican. El semáforo cambia a verde e Iván decide alcanzarlos en su auto con prontitud, por lo que gira el volante y toma la calle por la que ellos precisamente van caminando. Luego, el joven detiene el vehículo cerca a la acera, se baja y se acerca a ellos dirigiéndose en particular a Agustina.

Iván: Señora… Señora, espere…

Agustina y Armenteros voltean a ver extrañados.

Agustina: (volteando) ¿Sí? Dígame.

La anciana lo reconoce en ese instante.

Agustina: Ah, usted es el muchacho de la otra vez.

Iván: Sí, señora. ¿Cómo está?

Agustina: (cortante) Bien, gracias.

Iván: Qué bueno. La vi pasar y de inmediato la reconocí, así que no quise pasar la oportunidad de saludarla.

Agustina: Le agradezco por eso y qué pena no quedarme conversando con usted, pero voy camino para mi casa. Que tenga feliz noche. Vamos, padre.

Iván: ¿Es lejos de aquí? Porque, si no les molesta, los puedo llevar. No tengo ningún problema.

Agustina: No, joven, muchas gracias, pero el padrecito y yo ya íbamos a coger un bus.

Armenteros: ¿Conoces a este muchacho, Agustina?

Iván: (interviniendo) Sólo nos hemos visto una vez, pero no tuvimos la oportunidad de presentarnos. Mucho gusto, Iván.

Armenteros: Igualmente. Yo soy el presbítero José Armenteros.

Iván: Encantando, padre. ¿Qué dicen entonces? ¿Desean que los lleve?

Agustina: Yo ya le dije que no tiene por qué molestarse, joven. Deje así, además, debe haber mucho tráfico por ahí y no queremos ser una carga para usted.

Armenteros: Agustina, no seas grosera, hija. ¿Por qué te portas así con el muchacho? Él solo nos quiere ayudar y tú parece que lo quisieras evitar.

Iván: Tal vez es por la relación que ambos tenemos con Andrea. ¿O me equivoco, señora?

Agustina baja la cabeza sintiéndose sumamente incómoda. Armenteros se sorprende al escuchar aquel nombre.

Armenteros: ¿Andrea? ¿Agustina, se trata de la misma Andrea que estoy pensando?

Agustina guarda silencio sin saber qué decir como si estuviese ocultando algo con mucho celo.


INT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE

Margarita yace desmayada en el piso junto a Mariela, quien luce moribunda, sudando y de mal semblante. Eugenio le arrebata a la muchacha el bolso, lo abre y sonríe al ver varios paquetes de billetes dentro. Erick está a lo lejos, sentado en la cama y observando indignado.

Eugenio: Debe estar completo. Me tomaría la molestia de contarlo, pero no hay tiempo.

Mariela: (en un hilo de voz) Desg… Desgraciado, no se va a salir con la suya…

Eugenio: Diga una palabra más y le juro que el próximo tiro que le dé será en la cabeza para que deje de balbucear.

Eugenio le apunta con la pistola, la misma con la cual golpeó a Margarita en la espalda. Erick, cojeando, se acerca a él para detenerlo.

Erick: Eugenio, no más. Te lo suplico. No hagas nada más.

Eugenio mira con desprecio a Mariela y decide por esta vez escuchar a Erick, por lo que baja la pistola y toma su celular para hacer una llamada.

Eugenio: Sí, señorita, buenas noches (Hace una pausa). Tengo que reportar unos disparos que escuché cerca de donde trabajo.

Erick se extraña por aquella llamada. Eugenio, mientras habla, pone la pistola en la mano derecha de Margarita.

Eugenio: Debe tratarse de algún altercado. A lo mejor haya heridos. No estoy seguro, pero puedo darles la dirección para que envíen una patrulla e investiguen si quieren.

Erick: (desconcertado) ¿Qué pretendes ahora?

Eugenio le cubre con brusquedad la boca a Erick.

Eugenio: Está bien. Anote, esta es la dirección exacta.

Minutos después, Eugenio y Erick salen de la bodega abandonada. Eugenio lleva el bolso con el dinero y lleva a la fuerza a Erick tomándolo de un brazo. Éste cojea y con cada paso que da, se le ve adolorido. Es de notar que un taxi aguarda estacionado allí afuera.

Erick: ¿Puedo saber por qué llamaste a la policía antes de salir y les diste esta dirección? Y no sólo eso. ¿Por qué pusiste la pistola en manos del esperpento?

Eugenio: ¿No es obvio? Llamé para que cuando lleguen, encuentren a la vieja muerta y piensen que la secretaria esa fue quien la mató.

Erick: (impresionado) ¿Qué?

Eugenio: ¿Te dejó el balazo en la pierna tarado que no me escuchas? Todos van a pensar que se trató de un matricidio. Una hija que acabó con la vida de su propia madre por ambición. Brillante, ¿no te parece?

Erick deja de caminar y se suelta de él con brusquedad mirándolo muy serio.

Erick: Cada vez me doy cuenta que eres una lacra.

Eugenio toma con fuerza del mentón a Erick.

Eugenio: Tú no te diferencias mucho de mí. Te recuerdo que intentaste matarme y no sólo eso, chantajeaste a tu queridita tía política con su secreto y la atacaste para darle un susto, además del oscuro pasado que te cargas. No te creas mejor que yo.

Erick, mirándolo con un profundo rencor y desprecio, le aparta la mano.

Erick: Sí, hice todo lo que dices y no lo niego, pero jamás hubiera sido capaz de hacer las cosas que tú has hecho. Yo no tengo la sangre tan fría.

Eugenio: (burlesco) No me hagas reír. Mejor agradéceme y disfruta cuando encierren a tu “esperpento” tras las rejas culpada de un asesinato que no cometió. Tu primito, del que andas tan enamorado, la va a odiar. ¿Que eso no era lo que querías?

Erick: Pero no así y a costa de la vida de una persona. Mariela no merece morir.

Eugenio: Muy tarde para redimirse, mi rey. Es hora de irnos que nos están esperando y debemos salir en cuanto antes de este país.

Eugenio vuelve a tomar de un brazo a su examante y lo obliga a caminar con dirección al taxi y una vez llegan, ambos se suben en los asientos traseros.


EXT. / CALLES / NOCHE

Agustina, por su parte, luce incómoda y nerviosa frente a Iván. Armenteros se ve sorprendido después de haber escuchado por boca del joven que él conoce a Andrea.

Armenteros: Agustina, ¿no piensas decir nada?

Agustina: Sí, padre. Es la misma persona. Este joven la conoce, pero no le busque patas al gato que no hay nada de raro. Es pura casualidad y ya.

Iván: Me imagino que ustedes la deben conocer bien, ¿no?

Armenteros: Agustina sí porque es la mamá de ella.

Agustina cierra los ojos de la incomodidad que siente. Iván se sorprende al saberlo.

Armenteros: Yo en cambio no. Nunca la he visto en persona. Agustina sólo me ha hablado mucho de ella, pero nada más.

Iván: Entiendo, no sabía. Todo me imaginé menos que la señora fuera la mamá de Andrea. Ella me había dicho que era una limosnera a la que ayudaba por caridad.

Agustina no puede evitar sentirse triste al escuchar eso, algo que su rostro no tarda en denotar.

Armenteros: ¿Andrea le dijo eso? Dios bendito, qué muchacha, avergonzándose de su propia madre. ¿En qué cabeza cabe?

Iván: Yo me pregunto lo mismo, pero me parece que por lo que he visto ambas no se llevan bien. Andrea la trata muy mal.

Agustina: Joven, hágame un favor. Haga de cuenta que no escuchó nada y, sobre todo, no le diga a Andrea que usted sabe quién soy yo. Se lo pido.

Iván: (desconcertado) ¿Por qué?

Agustina: Tan sólo hágame ese favor. Quédese con lo que ella le dijo, eso de que yo soy una vieja limosnera a la que ella le ayuda por caridad, pero no le diga que usted sabe que yo soy su mamá, por favor.

Armenteros: Agustina, reacciona. ¿Vas a dejar que esa muchacha te siga humillando? Pagaste muchos años en prisión por ella (Iván se extraña). Debería estar agradecida contigo y mira cómo te paga, negándote.

Agustina: Quiero evitarle un disgusto, padrecito y no quiero que me termine odiando más de lo que ya me odia. Ella detesta que los demás sepan que yo soy su mamá.

Iván: Me imagino que usted no sabe que ella ahorita está en el hospital.

Agustina: (preocupada) ¿Cómo que en el hospital? ¿Qué le pasó?

Iván: (desanimado) Tuvo un accidente en su carro anoche.

Agustina: ¡Dios mío! (Cubriéndose la boca) ¿Y cómo está? ¿Fue grave?

Iván: Ella está bien. Por desgracia, no pudieron hacer nada por el bebé y según el diagnóstico médico, es probable que no pueda volver a quedar embarazada.

Agustina: (solloza) Ay, no puede ser. Mi hija, mi muchacha y yo ni enterada de semejante tragedia.

Armenteros: ¿Tú sabías que estaba embarazada, Agustina?

Agustina: (asintiendo) Sí, padre. Hace unos días me enteré cuando la fui a visitar. Hasta le tejí un suéter al bebito, pero ni siquiera me lo recibió. Me echó casi que a patadas del edificio la necia esa y mire usted ahora.

Iván: Andrea quiso embestir con el auto a mi amigo que fue su exnovio y a la novia de él, pero como estaba borracha, perdió el control y terminó chocando contra un poste de luz.

Armenteros: Pero ¿por qué hizo algo así? ¿Qué razones tenía para atacarlos?

Iván: Mi amigo terminó con ella hace varias semanas y desde entonces ha queriendo recuperarlo. Incluso se inventó que el hijo que esperaba era de él cuando el padre era yo.

Agustina: (perturbada) Dios mío santo. Cuántas cosas. ¿Cómo pudo ser capaz de tanto?

Iván: Desgraciadamente así fue. Me cuesta decirlo, pero ella no está bien de la cabeza y con esto terminó por demostrarlo. Andrea necesita ayuda urgente antes de que siga haciendo más daño.

Agustina: Esto es mi culpa. Yo tengo toda la culpa de lo que pasó (Rompe a llorar).

Armenteros: ¿Qué dices, Agustina? Claro que no.

Agustina: Andrea hizo esto porque nunca la supe proteger, padre y para colmo la abandoné cuando más me necesitó. Por eso me merezco que no me reconozca como madre.

Armenteros: Pero no lo hiciste porque hubieras querido. Entiéndelo. Tuviste tus razones y hay cosas que simplemente se nos salen de las manos.

Iván: (conmovido) Andrea va a estar bien, señora, no se preocupe. ¿Por qué mejor no me deja llevarla a su casa, a usted y al padre? Es más. Mañana, si gusta, puedo pasar a recogerla y la llevo al hospital para que la vea. ¿Qué dice?

Armenteros: Hazle caso al joven. Mira que él solo quiere ayudar. Estoy más que seguro que él puede hacer mucho más por tu hija de lo que podrías hacer tú sola.

Agustina asiente con la cabeza y se limpia las lágrimas.

Agustina: Está bien. Muchas gracias por sus buenas intenciones, joven.

Iván: (sonriéndole) No hay de qué, señora. Es con mucho gusto. Suban al auto y me indican el camino para llevarlos a su barrio.

Iván les señala su auto y abre cordialmente la puerta de los asientos traseros para que ellos suban. Él luego sube a su respectivo asiento de piloto.


INT. / TAXI / NOCHE

Entretanto, Erick y Eugenio van en un taxi, ambos sentados en los asientos de atrás. Eugenio tiene cerrados los ojos como si durmiera. Erick fija su mirada en la pistola que sobresale de los bolsillos del pantalón de Eugenio, por lo que aprovecha aquel fugaz momento de distracción del hombre y acerca su mano hacia allí con ánimo de tomarla.

Eugenio: (abriendo los ojos) ¿Qué haces?

Erick aparta la mano rápidamente haciéndose el desentendido y acomodándose en el asiento con dificultad.

Erick: ¿Ah?

Eugenio: Te estás moviendo mucho. ¿Qué haces?

Erick: Me estaba acomodando en la silla. No creas que es fácil tener una bala incrustada en el tobillo y he perdido mucha sangre.

Eugenio: Pues te aguantas. Tú te lo buscaste por ponerte de defensor. Ahora asume las consecuencias. Por ahora bajémonos que ya llegamos.

El taxi se detiene al frente de lo que parece ser un aeropuerto privado y solitario. Erick traga saliva y es de notar que suda aparatosamente, además de verse desaliñado, con la barba descuidada y de mala apariencia. Los dos hombres bajan del vehículo. Erick cojea y camina detrás de su examante sin apartar la vista de la pistola, por lo que finge desplomarse en el piso al tiempo que pega un grito adolorido.

Eugenio: (exasperado) ¿Ahora qué te pasa?

Erick: Me duele demasiado ahí donde me disparaste.

Eugenio: Levántate. No quiero arriesgarme a que algo salga mal. Tenemos que irnos ya mismo.

Erick intenta levantarse por sí solo, pero finge nuevamente caer y gime con dolor.

Erick: Argh, me está doliendo como un demonio, no puedo más, maldita sea. Tenemos que ir a un hospital.

Eugenio: ¿Estás loco? Olvídate de eso, que ya estamos a un paso de salir de este país y no voy a retrasar las cosas por una estupidez. No tenemos tiempo.

Erick: ¿Cómo pretendes entonces que camine? Me voy a quedar cojo de por vida si no recibo atención médica en este mismo momento. Me falla el pie.

Eugenio: Te lo mereces. No sería mala idea para que quedemos a mano. Yo quemado y tú cojo. Bonita pareja seríamos, ¿no te parece?

Erick: (sollozo) Por favor, Eugenio. Ayúdame por lo menos. Hazlo si de verdad en algún momento me quisiste. No soporto caminar con este maldito dolor. Te lo pido.

Eugenio se queda pensativo frunciendo el ceño y no puede evitar mirarlo algo consternado como si no pudiera portarse lo suficientemente cruel con él por más que quisiera.

Eugenio: Está bien. Ven apóyate en mí.

Eugenio le da la mano a Erick para ayudarlo a levantarse. Él logra hacerlo con algo de dificultad y justo cuando pretende sostenerse del cuello de Eugenio con uno de sus brazos, hábilmente y con sumo disimulo toma la pistola.

Eugenio: ¿Te queda bien así?

Erick asiente con la cabeza y ambos empiezan a caminar despacio. Él sigue cojeando.

Erick: Tal vez en el fondo todavía te queda algo de piedad a pesar de todo.

Eugenio: (pensativo) Todavía no te perdono que hayas intentado matarme dejando que me quemara vivo en esa cabaña y tal vez no te lo perdone nunca, pero tú sabes que te amo, Erick.

Erick: (apartándose) De ser así, no me habrías hecho la vida un infierno desde el primer día que me sacaste del burdel. Me tuviste como un objeto con el que te podías desfogar cada vez que te diera la gana y me maltrataste por mucho tiempo. ¿A eso le llamas amor?

Eugenio: Te amo a mi manera. Tú nunca lo entenderías.

Erick: El que no lo entiende eres tú. Yo sólo me convertí en una obsesión enfermiza para ti. Me quieres retener a tu lado para llenar tus vacíos emocionales porque sin mí no eres nada y lo sabes, pero tú no me amas de verdad.

Eugenio: No pienso discutir eso contigo. Guarda silencio y camina para que nos apresuremos.  

Erick: ¿Te duele que te ponga frente a la verdad?

Eugenio no responde. Erick, entonces, deja de caminar y se pone frente a frente él a una cercanía considerable.

Erick: Eugenio, nosotros no podíamos estar juntos desde el principio. Cada uno siempre ha cargado con sus propios demonios y eso lo único que ha hecho es herirnos a los dos por igual.

Eugenio: Tonterías. Ya no digas más estupideces.

Erick: Tú sabes perfectamente que tengo razón. Mi único interés para haberme acercado a ti fue el económico y tú, por tu parte, sólo me querías como tu concubino, como un perro faldero para matar tu soledad. Cada uno necesitaba del otro, pero no por amor.

Los dos se miran fijamente. Eugenio parece asentir con su silencio frente a las palabras de Erick. Éste le acaricia el rostro cicatrizado con suavidad y parece mirarlo con lástima.

Erick: Tal vez si nos hubiéramos conocido en otra situación, hasta la historia de los dos habría sido distinta, no lo sé, pero ya es muy tarde para eso.

Eugenio: Todavía tenemos tiempo de rehacer nuestra vida juntos. ¿Por qué crees que he llegado tan lejos al punto de mancharme las manos de sangre? Todo ha sido por ti, solo por y para ti.

Erick: Yo no te he pedido que hagas nada. Date cuenta que nos metimos en un círculo vicioso que debemos acabar de una buena vez o la vida de los dos va a seguir siendo un infierno.

Eugenio: Me niego a renunciar a ti si es a eso a lo que vas. ´

Eugenio toma a Erick con brusquedad de la camisa.

Erick: Eugenio, entiende, por favor (Habla apretando los dientes).

Eugenio: Entiende tú (Zarandeándolo). Podrás tener razón, pero tú eres de mi propiedad. ¿Escuchaste? Tú eres mío y de nadie más, Erick.

Eugenio abraza fuertemente a Erick, aferrándose a él como si de un niño pequeño con su juguete se tratara y también solloza un poco, pero no cambia aquella expresión ruda de su rostro. Erick no se inmuta ante ello.

Erick: Eugenio, es la última vez que te lo pido. Déjame ir. Te lo suplico. Vete tú solo y déjame.

Eugenio deja de abrazarlo y lo toma con ambas manos del rostro.

Eugenio: Quien te suplica que no te vayas soy yo. Podemos vivir juntos, ser felices, amándonos de verdad. Podemos empezar otra vida y yo hasta podría cambiar, y perdonarte lo que me hiciste, el haberte acercado a mí por interés, el haberme querido matar. Todo, Erick. Démonos solo una oportunidad, la última.

Eugenio lo abraza nuevamente con cierto desespero.

Erick: ¿Qué oportunidad? Esta “relación”, si es que se le puede llamar así, huele a podrido, huele a muerto.

Eugenio: No, no me digas eso… Yo te amo.

Erick: Entiende que tenemos que acabarla de una vez por todas, pero ya que tú no estás dispuesto a hacerlo en paz, no veo más opción que la de hacerlo yo mismo a mi manera.

De repente, se escucha un disparo que parece silenciar todo alrededor. Eugenio abre los ojos más de lo normal aún abrazando a Erick. El hombre se aparta tan solo unos centímetros y mira hacia abajo viendo una prominente herida de bala en su abdomen que no tarda en sangrar.

Eugenio: Erick… ¿Qué…? ¿Qué hiciste?

Erick: ¿Quieres que te cuente algo?

Erick le apunta fijamente con la pistola a Eugenio, quien lo observa desconcertado y con los ojos vidriosos tocándose la herida en el abdomen.

Erick: Mis papás me solían decir que perder también era ganancia, pero yo nunca lo entendí. Todo lo contrario. Yo siempre me negué a perder a pesar de todo lo que la vida me quitó, empezando por ellos, el dinero, el estatus del que tanto me enorgullecía, mi dignidad, incluso mi primo…

Erick gimotea un poco y suelta un par de lágrimas.

Erick: Me aferré a cada cosa que me diera la seguridad de ser feliz, pero todo lo perdí con el tiempo y ya hoy por fin entendí que mis papás tenían razón. Hay que perder para ganar y ese es el caso de nosotros dos.

Eugenio: (respirando agitado) Deja de decir estupideces y baja eso. No puedes acabar con lo nuestro así. Tenemos una vida entera por hacer juntos, imbécil.

Erick: (sonriendo) ¿Ves lo que digo? Tu problema, igual que yo, es que te niegas a perder y siempre quieres ganar a como dé lugar, pero en la pérdida también hay ganancia…  

Eugenio: Erick, yo te necesito. No puedes…

Erick: Esta noche vamos a perder los dos por igual, pero vamos a ganar la libertad que perdimos desde el primer momento en que nos conocimos tú y yo. Hasta nunca, Eugenio.

Eugenio: Estás equivocado si crees que te vas a salir con la tuya. No te lo voy a permitir.

Eugenio intenta ir en contra de Erick, pero éste ni siquiera pestañea al dispararle de nuevo en el abdomen y luego en el corazón. Eugenio se desploma en el piso de rodillas mirándolo derrotado y por varios segundos ambos hombres se miran directo a los ojos con mucho dolor y amargura. Eugenio finalmente cae y en el intento de balbucear algunas palabras, comienza a expulsar sangre por la boca. Erick no se inmuta ante ello. Tan solo baja la pistola y permanece en quietud al tiempo que dos guardias de seguridad, corren hacia él y le apuntan con sus armas de dotación.

Guardia de seguridad 1: ¡Suelte el arma y ponga las manos arriba de inmediato!

Erick: Tengo que hacer una llamada. Es de vida o muerte, por favor.

Guardia de seguridad 1: Podrá hacer la llamada que quiera cuando llegue la policía, señor.

Erick obedece y suelta la pistola para luego subir las manos. El segundo guardia a través del radio se comunica con otro departamento.

Guardia de seguridad 2: Hay un hombre herido en la entrada del aeropuerto. Repito, hombre herido. Envíen una ambulancia y una patrulla de policía cuanto antes.

Erick cierra los ojos sintiéndose resignado, pero a la vez se siente aliviado al ver que ya terminó aquella pesadilla para él.


INT. / AUTO DE MATT / NOCHE

Matt va conduciendo por una autopista de la ciudad cuando, de repente, recibe una llamada proveniente de un número desconocido. Él se extraña, pero contesta usando los auriculares.

Matt: ¿Sí, aló?

Erick: Soy yo, Matt.

Matt: (sorprendido) ¿Erick?


EXT. / AEROPUERTO / NOCHE

Erick efectivamente se encuentra al otro lado de la línea, sentado sobre una camilla y con suero fisiológico vía intravenosa. Un policía lo vigila mientras un paramédico termina de tomarle la presión. Es de notar que hay más policías presentes en el área y una cinta amarilla que obstaculiza el paso de los curiosos.  

Erick: Sí. Te estoy llamando, porque hay algo muy grave que pasó y tienes que escucharme.

Matt: (preocupado) ¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Erick: Poco importa si estoy bien o no. Por ahora lo importante es que salves a Mariela y a… Margarita.

Matt: ¿De qué hablas? ¿Cómo que salvarlas?

Erick: Matt, no hay tiempo para explicaciones. Mariela está muy mal. Eugenio nos secuestró a ella y a mí desde anoche.

Matt: (impresionado) ¿Qué? ¿Cómo es eso? ¿Tú dónde estás?

Erick: Yo estoy bien. No te preocupes por mí. Eugenio me sacó a la fuerza del hospital y quería que saliéramos del país con un dinero que la obligó a darnos, pero yo ya me encargué de él…

Erick dice aquello al tiempo que fija sus ojos en los hombres de la fiscalía, quienes se llevan el cuerpo sin vida de su examante cubierto por una sábana y sobre una especie de camilla.

Erick: Preocúpate por Mariela. Eugenio la dejó muy malherida.

Matt: Margarita se iba a reunir con ella. Entonces, era una trampa. Maldición. Con razón sospechaba que algo andaba mal.

Erick: Sí, Eugenio le escribió al esperpento haciéndose pasar por ella para que llevara el dinero a la parte donde nos tenía secuestrados y cuando llegó, la atacó y organizó todo para que pareciera que había sido ella. Incluso llamó a la policía el infeliz.

Matt: ¿Dónde es eso? Dime ya mismo dónde queda para ir para allá, Erick. Tengo que ayudarlas.

Minutos después, se ve al hombre conduciendo a gran velocidad al tiempo que hace una llamada con cierto desespero.

Matt: Contesta, Margarita. Contesta…


INT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE

Margarita, por su parte, poco a poco comienza a abrir los ojos perturbada por el sonido de una llamada entrante a su celular.

Margarita: (confundida) ¿Dónde…? ¿Dónde estoy?

La muchacha se toca la cabeza con cierto dolor y observa a su alrededor percatándose de que a tan solo unos metros de ella se encuentra Mariela envuelta en un charco de sangre.

Margarita: (aterrada) ¡Doña Mariela!

Margarita, sin darse a la espera, se levanta del piso y corre hacia ella poniéndole la cabeza en su regazo. Mariela tiene los ojos entrecerrados y luce cada vez de peor semblante.

Margarita: Ay, doña Mariela. Dígame algo. Dígame algo, se lo suplico. No vaya a cerrar los ojos (Repite desesperada).

Mariela: (en un hilo de voz) Margarita, hija…

Mariela, sin fuerzas, le sonríe levemente y levanta una de sus manos para acariciarle el rostro a la muchacha.

Margarita: Tranquila. No se esfuerce. Tan solo trate de mantener los ojos abiertos mientras llamo y viene una ambulancia.

Margarita toma su celular que por cierto no ha dejado de sonar y no tarda en contestar al ver que se trata de su novio. Las escenas de ambos se intercalan con cada diálogo.

Margarita: ¡Matt! Matt, mi amor, qué bueno que me llamas. No te imaginas (Rompe a llorar muy asustada).

Matt: Margarita, cálmate. Yo ya sé lo que pasó. Todo va a estar bien. Yo ya voy para allá.

Margarita: Doña Mariela está muy mal. Se está muriendo y no sé qué hacer. Hay que llamar una ambulancia.

Matt: Yo precisamente acabo de hacer eso para ganar tiempo y ya deben ir en camino, pero por ahora necesito que guardes la calma.

Margarita: Me es imposible, Matt. Yo jamás me voy perdonar si algo le pasa a doña Mariela. Yo no debí haberme puesto de necia a venir hasta acá sola. Debí saber que era una trampa y reportarlo con la policía.

Matt: Esto no es tu culpa. No pienses en cosas que te pongan peor. Mariela y tú van a estar bien. Te lo prometo.

Margarita: Está bien, pero no te tardes, por favor. Ven pronto o me voy a morir de la angustia.

Matt: Tranquila. Ya estoy por llegar.

Margarita termina la llamada sin dejar de llorar. Mariela se ve muy débil como si la vida se le fuera y llama a su hija.

Mariela: Ma… Margarita…

Margarita: Dígame. Aquí estoy.

Mariela: Me estoy muriendo.

Margarita: (negando con la cabeza) Claro que no. Usted se va a poner bien, ya verá. Tiene que ser fuerte, doña Mariela.

Mariela: Quisiera, pero no puedo, ya no me quedan fuerzas (Tosiendo).

Margarita: Tiene que hacer un esfuerzo, por favor. Usted no se puede morir. Hay muchas personas que la necesitamos aquí.

Mariela: Me conformo con saber que al menos te pude encontrar en vida porque hay algo que tú no sabes, Margarita. Hay algo que te tengo que decir.

Margarita llora sabiendo de antemano a qué se refiere a la mujer y la toma con fuerza de las manos.

Margarita: Tranquila. No necesita decírmelo. Yo ya lo sé.

Mariela: ¿Qué?

Margarita: Yo sé que usted es mi mamá.

Mariela se sorprende al escucharla.

Margarita: Me enteré hace unos días por accidente cuando escuché a mi mamá Lorenza y al padrecito Armenteros hablando, pero no dije nada. Quise esperar a hablar con ella para que me explicara y ya por fin entendí todo.

Mariela: (solloza) Me habría gustado habértelo dicho yo misma y de otra manera. Me quería ganar tu cariño primero.

Margarita: Yo desde hace mucho ya me había encariñado con usted. Desde el primer día que nos vimos, me cayó muy bien, ¿sabe? Yo siempre sentía algo raro cuando estábamos juntas que no me podía explicar, como si nos hubiéramos conocido de antes.

Mariela: (conmovida) ¿De verdad?

Margarita: Sí, doña Mariela y a veces hasta añoraba que mi mamá hubiera sido más como usted conmigo, así de atenta, de especial, de fraternal…

Mariela derrama varias lágrimas en medio de la debilidad física que siente.

Margarita: Usted siempre se portó como mi mamá aun sin saber que lo era y con eso fue más que suficiente para haberse ganado mi cariño sin que usted tuviera la intención de ganárselo.

Mariela: Yo siempre sentí lo mismo por ti, muchacha. Yo tampoco entendía por qué me inspirabas tanta ternura y me fue imposible no sentir afecto por ti hasta que supe la verdad y entendí todo.

Mariela se fatiga e intenta respirar en medio del llanto al tiempo que se retira del cuello su relicario el cual le entrega a Margarita. Ella lo recibe, lo abre y ve con nostalgia su foto en sepia de bebé.

Mariela: Tú no te imaginas por cuánto tiempo te busqué y soñé con el momento de tenerte así conmigo, aunque ya estuvieras hecha una mujer y ya por fin tuve la dicha a pesar de lo mucho que me habría gustado vivir un poco más para recuperar el tiempo que perdimos.

Margarita: Por favor, no diga eso. Yo la necesito acá conmigo, muchísimo más ahora que sé la verdad, doña Mariela.

Mariela: Es tarde, Margarita. Hay cosas a las que nos tenemos que resignar y ya mi tiempo se terminó.

Margarita: Haga un intento, por lo que más quiera. Usted es una mujer muy fuerte y no se puede ir así.

Mariela: Me debo ir, pero me voy feliz sabiendo que te encontré y que esa niña que tanto busqué eres precisamente tú.

Mariela contempla el rostro de la muchacha sin dejar de acariciarle el rostro con delicadeza.

Mariela: Dios nos puso en el mismo camino desde antes de saber la verdad para que tuviéramos la oportunidad de acercarnos y ese tiempo para mí fue suficiente porque pude ver la hija tan hermosa que tengo y de la que me siento tan orgullosa.

Margarita: (llorando desconsolada) ¡Ay, doña Mariela! Esto es mucho para mí.

Mariela: No llores, mi amor. Quédate con el recuerdo bonito de lo que alcanzamos a compartir y, sobre todo, nunca se te olvide lo mucho que te quiero. Yo siempre te voy a llevar conmigo…

Mariela respira cada vez más despacio y deja caer la mano para luego cerrar los ojos en cuestión de segundos.

Margarita: ¿Doña Mariela? (Moviéndola) Doña Mariela, no cierre los ojos. Despiértese, no nos podemos separar así otra vez.

Mariela sigue sin responder.

Margarita: (llorando desesperada) Dios mío, se lo suplico, por favor. Abra los ojos. Hágalo por las dos, doña Mariela. Tenemos muchas cosas que vivir juntas. No se me vaya así.

Margarita llora con una profunda desesperación e impotencia al ver que su madre sigue sin responder y en medio del llanto, continúa pronunciando el nombre de la mujer en eco.


INT. / VECINDAD, CASA DE ADRIÁN / NOCHE

Isabela se encuentra organizando la ropa de su prometido, la cual dobla y mete en diferentes cajones de la cómoda.

Isabela: ¡Oh, santo cielo! He sido una mujer versátil toda mi vida, pero jamás me imaginé que terminaría siendo ama de casa y doblando la ropa de mi futuro marido como toda una esposa abnegada. Cómo nos cambia el amor.

De repente, a la diva se le cae un bóxer, por lo que se inclina a recogerlo y lo mira con cierta curiosidad.

Isabela: Hum, la ropa interior de hombre siempre ha sido mi debilidad (Mordiéndose el labio). Podría quedarme con esto para el recuerdo. El niño Adrián ni se va a dar cuenta que le falta uno.

Isabela se asegura que no esté siendo vista y guarda el bóxer entre su busto disimuladamente para luego seguir con su labor doméstica. Toma varias camisetas dobladas, abre un cajón de la cómoda y las mete allí, sin embargo, un detalle más llama su atención.

Isabela: ¿Y esto qué es?

Isabela toma precisamente el paquete de cocaína que el chofer de su madre puso allí por orden de ella. Es así como la diva tiene un recuerdo.


FLASHBACK

Eloísa: Tú podrás hacer lo que se te venga en gana, Isabelita, pero mientras yo esté con vida, voy a conservar ese legado de mujer intachable que mi madre, mi abuela y demás matriarcas me heredaron.

Mientras Eloísa habla, el chofer, quien está de pie en el umbral de la puerta, saca de su saco un paquete de cocaína y lo pone dentro del cajón de una cómoda. Isabela y Adrián no pueden verlo, pues ambos están de espaldas.

Eloísa: Y no pienso permitir que tú dañes ese legado que nuestra familia tanto se ha esforzado en mantener. ¿Te queda claro?

Isabela sólo le saca la lengua a su madre de forma infantil, quien la mira con desprecio y se va acompañada del chofer. Adrián cierra la puerta.

FIN DEL FLASHBACK


Isabela: Conozco al niño Adrián. Él nunca consumiría estas porquerías. Estoy segura que fue una treta de mi arrugada madre para desprestigiarlo y hacerme creer lo peor de él. ¡Oh, santo cielo! ¿Qué debería hacer?

Adrián sale en ese momento del baño secándose el rostro y con una cuchilla de afeitar en mano.

Adrián: Listo, doñita.

Isabela se sobresalta y esconde por detrás el paquete.

Adrián: Me estaba terminando de afeitar. Ya nos podemos ir.

Isabela: (distraída) ¿Ir? ¿A dónde?

Adrián: ¿Cómo que a dónde? ¿Ya se le olvidó que habíamos quedado de ir a comer?

Isabela: Ah, sí. Es cierto. Discúlpame, mi corazón. Estaba pensando en no sé qué cosas mientras doblaba tu ropa. Me voy a ir a maquillar un poco y nos vamos.

Adrián: Está bien, pero hágale rápido. Mire que ya van a ser las nueve.

Adrián vuelve al baño e Isabela, aprovechando la distracción, mete con disimulo el paquete de cocaína en su bolso, quedándose pensativa.


EXT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE

Pueden verse una patrulla de policía y una ambulancia cuya sirena no para de sonar estacionándose a las afueras de la bodega abandonada. Con destreza y suma rapidez, los policías se bajan al mismo tiempo que los paramédicos con la camilla. Todos se dirigen a entrar a la bodega. Matt llega justo en ese momento en su auto y se dirige también hacia allí. Margarita al verlos siente como si le volviera el alma al cuerpo.

Margarita: (desesperada) Por fin llegaron. Tienen que salvarla. No dejen que mi mamá se muera, por favor.

Paramédico 1: Tranquilícese, señorita. Ya nos vamos a hacer cargo.

Paramédico 2: Retírese, por favor.

Margarita se levanta muy afligida permitiendo que los paramédicos hagan su trabajo de subir a Mariela a la camilla. Matt entra corriendo y se acerca con prontitud a la muchacha.

Matt: ¡Margarita!

Margarita: (desconsolada) ¡Matt!

Los dos no tardan en abrazarse fuertemente. Margarita no deja de llorar.

Margarita: Pensé que no ibas a venir nunca. Me estaba volviendo loca sin saber qué hacer.

Matt le limpia las lágrimas a su novia con los dedos pulgares para tratar de consolarla.

Matt: Tranquila, mi vida. Yo estoy aquí contigo y todo va a salir bien. Te lo aseguro.

Margarita: Doña Mariela está cada vez peor. Tengo mucho miedo que no resista y no la puedo perder, Matt. Doña Mariela es mi verdadera madre.

Matt: (impactado) ¿Qué?

Margarita: Es una historia muy larga como para contártela en estos momentos, pero ella es mi madre de sangre y no nos podemos separar otra vez de esta forma tan injusta. No podemos…

Matt se ve sumamente consternado ante tal revelación.

Matt: Está bien. Después hablamos de eso con calma. Por ahora trata de tranquilizarte. Mariela es una mujer muy fuerte y va a salir de esta situación. Vas a ver.

Matt abraza de nuevo a la muchacha para darle consuelo, pero no puede evitar sentirse desconcertado al saber dicho secreto.


INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE ANDREA / DÍA

Es un nuevo día en la ciudad. Iván ha ido muy temprano al hospital y entra a la habitación de Andrea, quien duerme plácidamente de lado ajena a lo que pasa a su alrededor. El hombre la mira sintiendo un nudo en la garganta y le acaricia el rostro. Agustina observa de lejos en silencio.

Iván: Cómo me lamento que las cosas hayan acabado así para nosotros, pero no valoraste lo que sentía por ti y preferiste cuidar tus intereses.

Andrea se mueve y despierta en ese momento. Iván se aparta un poco con timidez y ella se sorprende al verlo allí, por lo que se echa hacia atrás recostándose en la cama.

Andrea: Iván.

Iván: Ho… Hola.

Andrea: ¿Tú qué estás haciendo aquí?

Iván: Matt me contó lo que pasó y quise venir para saber de ti. No quería molestarte. Perdóname.

Andrea: (cortante) Estoy bien si eso es lo que te interesa, así que ya te puedes ir por dónde viniste. Visitas como las tuyas no me interesa recibir.

Iván: ¿Vas a seguir en el mismo plan después de todo lo que hiciste?

Andrea: Yo no hice nada. Estaba defendiendo lo mío que es distinto. En el amor y en la guerra todo se vale.

Iván: (indignado) ¿Todo se vale? ¿Incluso sacrificar la vida del que habría sido nuestro hijo por un estúpido capricho tuyo?

Andrea: ¿De qué hablas? Mi bebé está en perfectas condiciones por si no lo sabías y ni se te ocurra volver a repetir que es nuestro hijo porque no lo es. ¿Entendiste?

Iván: Andrea, reacciona. El bebé murió. Ya no existe. Tú misma te encargaste de matarlo en ese accidente que tú misma provocaste.

Andrea: ¡Cállate! ¡Eso no es verdad! Yo sigo embarazada. Todo no es más que una patraña de ustedes para engañarme, para confundirme, pero no les voy a dar ese gusto. Matt y yo nos vamos a casar, aunque te arda. ¿Me escuchaste?

Iván: Matt nunca va a hacer eso. Él ya está enterado de todo lo que hubo entre nosotros y sabe que yo era el verdadero padre de ese niño que estabas esperando, así que acaba con este circo barato ya.

Andrea: Pues no y tampoco me importa lo que le hayas podido decir. Total, ¿piensas que le va a creer a un hipócrita, perro cobarde que finge ser su amigo o a mí que le voy a dar un hijo?

Iván: (negando la cabeza) Estás mal, muy mal. Tú no eres la mujer que conocí o que creía conocer. Me pregunto cómo es que no me di cuenta antes.

Andrea: (sonriendo) Tal vez porque eres un completo idiota que nunca entendió que no eras suficiente hombre para mí. Tan sencillo como eso.

Iván: (dolido) Puede que tengas razón, pero al menos este idiota siempre te quiso de verdad, no como los demás. Ellos a diferencia de mí sí se dieron cuenta a tiempo de lo poco que vales.

Los dos se miran fulminantemente, aunque ella parece ser la más molesta.

Andrea: ¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Pronto!

Agustina se retira después de haber escuchado la conversación. Una enfermera no tarda en entrar.

Andrea: Este tipejo me está importunando y eso no le hace bien a mi embarazo. Dígale que se vaya inmediatamente y no lo vuelvan a dejar pasar.

Enfermera: Disculpe, señor…

Iván: Sí, ya escuché. Igual ya me iba. No tengo nada más qué decir ni tampoco razones para volver por acá.

Iván se retira de la habitación dejando a la mujer notablemente molesta, sin embargo, dibuja una leve sonrisa de malicia al tiempo que se toca el vientre.


INT. / HOSPITAL, SALA DE ESPERA / DÍA

Entretanto, Margarita aguarda ansiosamente noticias sobre el estado de Mariela en la sala de espera del mismo hospital. Armenteros la acompaña.

Margarita: (muy afligida) Gracias por estar acá conmigo, padrecito. Me ha hecho bien su compañía en medio de toda esta angustia tan horrible.

Armenteros: Era lo menos que podía hacer. Cuando me llamaste y me contaste lo que pasó, no dudé ni en un segundo en venir.

Margarita: Espero de todo corazón que se nos haga el milagrito y doña Mariela salga bien de la cirugía. Todavía tenemos muchas cosas por vivir.

Margarita presiona entre sus manos el relicario y mira con cierta melancolía su diminuta foto, por lo que no puede evitar que se le salten las lágrimas.

Margarita: Ella me buscó toda la vida sin descanso y necesitamos recuperar todo ese tiempo que estuvimos separadas.

Armenteros: Y ten fe que así será. Mariela no se va a ir sin vivir lo que le queda contigo, Margarita.

En ese momento un doctor hace aparición en la escena y se acerca a ellos.

Doctor: ¿Familiares de la señora Mariela Díaz de Uzcátegui?

Margarita se limpia las lágrimas rápidamente y se pone de pie al mismo tiempo que el sacerdote.

Margarita: Yo soy su hija, doctor. Dígame cómo está. ¿Qué tal salió de la cirugía?

Doctor: Me temo que su pronóstico es reservado por ahora. Perdió mucha sangre antes de ingresar al hospital y durante la cirugía se presentaron varias complicaciones.

Margarita: (desconcertada) ¿Qué quiere decir con eso? ¿Mi mamá se va a morir?

Doctor: Digamos que las próximas horas son decisivas para la señora Uzcátegui. Mi consejo es que se preparen para lo que pueda pasar.

Margarita se deja caer de nuevo en la silla al escuchar tal diagnóstico por cuenta del doctor. Armenteros la conforta frotándole la espalda.

Margarita: Ay, padrecito. Mi mamá… Mi mamá, padrecito.

Margarita siente que se hiperventila al tratar de contener el llanto.

Armenteros: Todavía no te adelantes a los hechos, Margarita. Tú ya escuchaste al médico. Cualquier cosa puede pasar. Ten fe.

Margarita se cubre la boca con las manos y traga saliva como si con ello quisiera aliviar el ardor que le produce el nudo en la garganta.

Margarita: ¿Puedo verla?

Doctor: Es prudente que espere hasta se estabilice, señorita.

Margarita: Tengo que verla, doctor, por favor. Mi mamá se está debatiendo entre la vida y la muerte, y yo no puedo esperar aquí sentada como si nada. Déjeme pasar a verla por un minuto. Se lo suplico.

Margarita mira al doctor como suplicándole con sus ojos que denotan una profunda preocupación.

CONTINUARÁ…

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