Capítulo 24: Profunda preocupación
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE MARIELA / DÍA
Margarita muchacha entra a la habitación en la que yace su verdadera madre acostada sobre la cama, con suero y conectada al electrocardiograma. Ella se acerca muy afligida y la toma de una mano.
Margarita: Doña Mariela… ¿Me puede escuchar?
Mariela sólo permanece en la cama con los ojos cerrados.
Margarita: Yo sé que en el fondo sí y por eso vengo a pedirle de nuevo que haga el esfuerzo de aferrarse a su vida. Piense nada más en todo lo que nos queda por vivir juntas como madre e hija. Piense en todo lo que podemos compartir. Podríamos hasta ser las mejores amigas…
Margarita intenta contener el llanto y se traga sus lágrimas sin soltar la mano de su madre.
Margarita: Usted tiene que conocer a sus nietos y también tiene que estar presente el día que Matt y yo nos casemos, o si no, dígame, ¿quién me va a ayudar con el vestido? ¿Quién me va a aconsejar cuando lo necesite o quién me va a enseñar a ser una buena madre y esposa? Yo necesito de su apoyo, de sus consejos, de sus abrazos de madre…
Mariela respira en quietud. Margarita se deja caer en una silla al lado de la cama y mira desconsolada a la mujer.
Margarita: Usted es mi mamá y eso nada ni nadie lo va a cambiar. Yo la necesito acá conmigo y todo este tiempo aprendí a quererla reharto. Créame de todo corazón que me siento bendecida de tener por madre a una señora tan hermosa como usted.
Margarita le acaricia el cabello. Mariela sigue en silencio sin reaccionar frente a las palabras de su hija. Margarita continúa hablando.
Margarita: Por eso luche, doña Mariela. Luche. Se lo suplico. Hágalo por las dos y quédese conmigo.
Margarita no puede más y se suelta a llorar durante varios segundos recostando su cabeza en el regazo de Mariela.
Margarita: (desconsolada) Quédate conmigo, mamá, por favor. Quédate conmigo…
Ésta, sin que la muchacha se percate, mueve algunos dedos de su mano y abre despacio los ojos para luego levantar la misma mano y frotarle la cabeza.
Mariela: (en un hilo de voz) Ma… Margarita…
Margarita se da cuenta y alza sobresaltada la cabeza.
Margarita: ¿Doña Mariela?
Margarita siente que le vuelve el alma al cuerpo al ver que Mariela ha abierto los ojos.
Margarita: ¡Ay, doña Mariela! Reaccionó. Gracias a Dios se despertó.
Mariela intenta pronunciar unas palabras, pero el intento se fatiga y respira agitada. Margarita, ante ello, corre hacia la puerta de la habitación gritando a viva voz.
Margarita: ¡Doctor, enfermera! ¡Venga alguien rápido, por favor! (Desesperada)
Mariela: Margarita, ven…
Margarita vuelve con ella sin titubear.
Margarita: (preocupada) Dígame.
Mariela: (en un hilo de voz) Esta vez no te voy a dejar sola, mi niña… Esta vez no. Te lo prometo…
El doctor y una enfermera entran a la habitación en ese momento por el llamado de la muchacha.
Doctor: ¿Qué pasa, señorita?
Margarita: Ay, doctor, siquiera vino. Mi mamá se despertó, pero no la veo muy bien. Hagan algo para que se estabilice por lo que más me quieran.
El doctor se acerca para verificar los signos vitales de Mariela.
Enfermera: Es mejor que salga para que deje a la paciente descansar, señorita.
Margarita: Díganme por lo menos si mi mamá va a estar bien.
Enfermera: Más tarde le daremos noticias de cómo sigue, pero por ahora retírese de la habitación.
Margarita se ve obligada a salir en medio de la angustia acompañada por la enfermera al tiempo que el doctor sigue examinando a Mariela.
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE ERICK / DÍA
Erick se encuentra rindiendo declaración sobre lo sucedido a un policía que le interroga. El hombre ha sido operado oportunamente de su herida en el tobillo, por lo que está vendado y está recostado sobre la cama anímicamente decaído.
Policía: Me decía usted que tuvo una relación sentimental con Eugenio Jiménez mientras vivieron juntos en Francia.
Erick: Sí, pero ya le dije que nunca participé ni fui consciente de las porquerías que él hacía como director ejecutivo de la empresa para la que trabajaba, pero si no me creen, me pueden investigar para que se den cuenta que no tengo nada que ver con los delitos de él.
Policía: Bien, por ahora no tengo más preguntas para hacerle. Tan solo recuerde que sigue detenido y bajo estricta vigilancia mientras se recupera, señor.
Erick: (fastidiado) Yo sé. No me lo tiene que recordar.
Policía: En todo caso, lo dejo para que descanse. Feliz día.
El policía se retira de la habitación. Matt entra justo en ese momento y Erick se sorprende levemente al verlo, pero le rehúye la mirada.
Matt: Erick…
Erick: Hola, Matt.
Matt: Disculpa que apenas venga a verte. Te juro que no he tenido vida en los últimos dos días con tantas cosas que pasaron con mi ex y ahora con esto.
Erick: (serio) Está bien. No te preocupes. ¿Cómo sigue Mariela?
Matt: Todavía no nos dan noticias. Margarita está muy mal, pero la dejé más tranquila en la sala de espera con un amigo sacerdote de ella.
Erick: Espero se pueda recuperar. Mariela no merece estar en esta situación. Esto era algo entre Eugenio y yo.
Matt: Escuché que…
Erick: ¿Que lo maté?
Matt suspira y asiente con la cabeza.
Erick: Escuchaste bien entonces. Por fin me deshice de ese desgraciado y ya no va a seguir siendo un problema para nadie.
Matt: Hablé con el fiscal encargado del caso y ahora estás en una situación bastante complicada. Te van a imputar cargos por homicidio.
Erick: Que lo hagan. Eso sería lo justo después de todo, ¿no? Eugenio se tenía que morir o esta pesadilla no se iba a acabar nunca.
Matt: Yo sé que lo hiciste en defensa propia, pero lo más probable es que te declaren culpable cuando vayas a juicio.
Erick: ¿Y qué quieres que haga? ¿Que lo niegue y me dé golpes de pecho para defenderme? No, Matt. Esta vez voy a asumir las consecuencias de mis actos y si tengo que ir a la cárcel por lo que hice, voy a ir sin reparo.
Matt: Erick, por favor…
Erick: Maté a alguien. Date cuenta y no me arrepiento de haberlo hecho. Además, eso no es lo único. Hay otras cosas que tú desconoces sobre mí que te harían odiarme, así que deja de preocuparte y olvídate de mí.
Matt: (molesto) ¿Cómo me pides eso? ¿Tan poco te importa el aprecio que siento hacia ti?
Erick: (sollozo) Me importa y mucho, pero no me lo merezco. Yo no soy quién tú crees. Yo ya había intentado matar a Eugenio la primera vez que me secuestró.
Matt: ¿De qué estás hablando?
Erick: Cuando intenté huir, lo golpeé y le prendí fuego a la cabaña donde me tenía retenido a la fuerza.
Matt no tarda en denotar la impresión que siente al escucharlo. Erick esboza una sonrisa en tono burlón al ver su reacción.
Erick: Yo sé. Suena inhumano, pero no me importó nada más que mi libertad y pensé durante varios días que lo había matado, pero no. Eugenio después apareció enviándome anónimos, amenazándome y con ganas de vengarse de mí.
Matt: Pensé que podía confiar en ti y que tú también podías confiar en mí. ¿Por qué no me contaste eso cuando hablamos la última vez?
Erick: Tenía miedo de que pensaras peor de mí después de saber que aparte de prostituto, resulté ser un asesino y hasta estafador…
Matt: (desconcertado) ¿Estafador?
Erick: ¿Recuerdas el pequeño accidente que tuvo Mariela hace varias semanas cuando supuestamente ella iba saliendo de la empresa?
Matt: Sí, dijo que se cayó y se golpeó la cabeza, pero no entiendo a qué viene eso justo ahora.
Erick: Matt, yo provoqué ese accidente.
Matt: (sorprendido) ¿Qué?
Erick: Mariela oculta algo que tú no sabes, pero no me corresponde a mí decírtelo. Es ella quien debe hacerlo en su momento.
Matt: (pensativo) Creo saber de qué se trata, pero no entremos en detalles. Explícame primero cómo es eso de que tú provocaste el accidente.
Erick: Yo me aproveché de su secreto para sacarle dinero sin que ella supiera que era yo quien estaba detrás de todo y esa noche la cité para que me lo entregara, pero al llegar se negó, así que la embestí con un carro que había alquilado.
Matt abre los ojos un poco más de lo normal y mira indignado a su primo ante lo que le acaba de contar.
Matt: ¿Te das cuenta de la magnitud de lo que hiciste? Pudiste haberla herido de gravedad o hasta haberla matado. ¿Cómo pudiste?
Erick baja apenado la cabeza sin palabra alguna.
Matt: Te abrí las puertas de mi casa a ojos cerrados desde un principio y hasta convencí a Mariela de que te diera trabajo en la empresa. Confié en ti. ¿Qué ganabas haciendo algo tan bajo por dinero si no te faltaba nada?
Erick: Es verdad que a lo mejor no me faltaba nada, pero no soportaba la idea de vivir como un vulgar arrimado que dependía de tu caridad. Yo quería más que eso.
Matt: (negando con la cabeza) En definitiva, me doy cuenta que estaba equivocado contigo. Te pasaría el haber querido matar a tu amante en defensa propia por todo el daño que te hizo, pero haber actuado así por ambición no. Llegaste muy lejos, Erick (Decepcionado).
Erick: Yo lo sé mejor que nadie. No me lo tienes qué decir. Por eso lo mejor es que te alejes de mí. Olvídate de que existo. No vale la pena que te preocupes por una basura como yo.
Matt guarda silencio durante algunos segundos y no puede evitar que se le forme un nudo en la garganta.
Matt: Tienes razón. Muchas veces somos buenas personas con quien no debemos y viniendo de ti me duele, ¿sabes?
Erick derrama varias lágrimas ante la profunda decepción que denota la mirada y el tono de voz con el que le habla su primo.
Matt: Tú me importas más de lo que crees porque aprendí a quererte como a ese hermano que nunca tuve, pero ya no sé quién eres. Esto fue demasiado y ya no sé ni qué pensar.
Erick: (mirando al vacío) Tranquilo. Simplemente no pienses nada. Como te dije, lo mejor es que te alejes antes de que te siga haciendo daño o trayendo más problemas de los que ya te he traído. Un tipo dañino y tóxico como yo merece quedarse solo, así que vete de una vez.
Matt aprieta los labios como si se contuviera de llorar, pero solo asiente con la cabeza después de un par de segundos de silencio.
Matt: Está bien, Erick. Me parece que ya todo está dicho, así que no me queda más que desearte lo mejor de corazón y espero que puedas rehacer tu vida en algún momento.
Erick no responde. Matt, ante ello, sale de la habitación y una vez a solas, el primero rompe a llorar amargamente.
Erick: Perdóname… Me duele en el alma hacerte esto, pero es mejor así, Matt. Perdóname…
Erick continúa llorando amargamente a solas en la habitación.
INT. / CASA CHARLES, SALA / DÍA
Eloísa se encuentra en la amplia sala de estilo vintage de su casa y se sienta sobre su sillón con desmedido gozo con una copa de whiskey en la mano. Una empleada doméstica está a su lado.
Eloísa: Muy pronto el novio pordiosero de la travestona de mi hija estará tras las rejas tal como lo planeé. Isabela no tendrá más opción que pedirme perdón por sus innumerables agravios.
Eloísa ríe con malicia.
Eloísa: Esther, sírveme otro whiskey doble, por favor. Tengo motivos hoy para beber y de paso tráeme el teléfono. Tengo que hacerle una llamada confidencial a la policía.
Empleada: Sí, señora. Enseguida.
La empleada se dirige a la licorera de la casa dejando a solas a la anciana.
Eloísa: ¡Ay, Isabelita! Te espera una larga vida conmigo en esta casa honrándome como tu madre. Tú nunca saldrás de aquí, negra insolente.
De repente, tocan el timbre de la casa.
Eloísa: Esther, abre la puerta. Deben ser mis amigas que invité para el almuerzo. Apresúrate y atiéndelas.
Eloísa sonríe con malicia y termina de beberse el último sorbo del whiskey. Dos policías irrumpen en la sala en ese momento seguidos por la empleada doméstica.
Empleada: Doña Eloísa, estos señores preguntan por usted.
Eloísa voltea a ver y se extraña al ver a los policías, por lo que se levanta apoyándose en su bastón.
Eloísa: Buenas tardes. ¿Qué se les ofrece, oficiales?
Policía 1: ¿Es usted la señora Eloísa Charles?
Eloísa: Sí, soy yo. ¿Cuál es el motivo de su visita? ¿Qué pasa?
Policía 2: Recibimos una llamada anónima denunciando que usted trafica con drogas, señora.
Eloísa: (sorprendida) ¿De qué están hablando? Eso es mentira. Es una calumnia. ¿Que acaso no saben quién soy yo?
Policía 1: La ley es la ley, señora. Vamos a proceder a requisar su casa para verificar la credibilidad de la acusación que recibimos en su contra por teléfono.
Eloísa: (furiosa) ¡Ni se les ocurra! Ni crean que les pienso permitir que dañen mi reputación y buen nombre de esta manera. Yo soy una mujer respetable.
Policía 1: Es mejor que no se oponga o se puede meter en problemas por obstrucción. Además, no tiene qué temer si nada debe, ¿no?
El primer policía le hace una seña al segundo para que empiecen con la respectiva inspección y entre ambos comienzan a requisar cada rincón de la casa. Eloísa los persigue caminando con dificultad acompañada de su empleada.
Eloísa: Ustedes no son más que unos atrevidos, unos oportunistas. Voy a encargarme de que los destituyan de su cargo por prestarse para toda esta calumnia.
Los policías ignoran a la anciana y deciden subir al segundo piso dividiéndose para inspeccionar las habitaciones.
Eloísa: (muy furiosa) ¡Esto es el colmo! ¡Están violando mi privacidad! Pero me van a conocer. Se los aseguro.
Eloísa luce agitada ante el gran disgusto que siente. Uno de los policías finalmente encuentra en la habitación de la anciana un cofre de mediano tamaño, decorado y bonito, sin embargo, está cerrado.
Policía 2: ¿Puede abrir el cofre, por favor?
Eloísa: ¿Para qué? Esas son mis joyas. Ahí no van a encontrar lo que buscan.
Policía 1: Coopere con nosotros y ábralo para verificar si lo que nos dice es cierto.
Eloísa: (resignada) Muy bien. Lo voy a hacer, pero se van a arrepentir de haberme acusado injustamente y de profanar mi hogar, guachimanes de quinta. Van a ver.
Eloísa mira a los hombres con mucho desprecio y se dirige a abrir el cofre con una pequeña llave que toma de su mesita de noche.
Eloísa: (sonriendo con burla) Ahí tienen. Revisen si es que encuentran algo.
El segundo policía levanta la tapa del cofre y saca un paquete de cocaína del interior. Eloísa abre los ojos como platos, impactada a la vez que desconcertada.
Policía 2: Entonces, si estamos equivocados, ¿nos puede explicar qué significa esto, señora?
Eloísa: Tiene que ser un malentendido. No tengo ni idea de cómo llegó esa porquería ahí. No es mía. Debe ser de alguno de mis empleados.
Policía 2: Pero está entre sus pertenencias.
Eloísa: Eso no significa nada. Alguien pudo perfectamente ponerlo ahí.
Policía 1: ¿Es usted la única con acceso al cofre?
Eloísa: Por supuesto. Yo no permito que nadie toque mis joyas, pero les repito que no tengo la menor idea de cómo llegó esa porquería a mi cofre. Se los juro.
Policía 1: Muy conveniente para usted, ¿no? ¿Qué hay de la llamada que nos hicieron?
Eloísa: ¿Qué llamada? Estoy segura que debe ser una trampa de alguien para desprestigiarme y meterme en problemas con la ley. ¿Quién fue ese desgraciado, ah? Díganme quién los llamó.
Isabela entra en ese momento a la habitación.
Isabela: Fui yo la que los llamó, madre.
Eloísa voltea a ver, sorprendiéndose al ver a su hija.
Eloísa: ¿Tú? ¿Tú llamaste a la policía?
Isabela: Tal como lo oyes.
Eloísa: Esto es de no creer. Mi propia hija denunciándome con la policía. ¿Cómo fuiste capaz?
Isabela: Quien debería hacerte esa pregunta soy yo. Estuviste a punto de cometer una injusticia sólo por verme infeliz, pero afortunadamente logré descubrirte a tiempo, así que ahora te mereces un escarmiento.
Eloísa enfurece y le lanza una sonora cachetada a Isabela.
Eloísa: ¡Estúpida! Cría cuervos y te sacarán los ojos. Cómo me arrepiento de no haber escuchado a mi santa madre cuando me advirtió que no me enredara con el negro de tu padre que me abandonó y me dejó sola embarazada. De haberla obedecido, no estaría pasando por esto.
Isabela: ¿Te arrepientes entonces de haberme tenido?
Eloísa: ¡Por supuesto! Me arrepiento en el alma. Tú no mereces ser mi hija y a partir de este momento te desconozco como tal.
Isabela: (dolida) Está bien. Di lo que quieras. Definitivamente, a ti y a mí solo nos une la sangre porque no nos parecemos en nada más. Me querías hacer un clon tuyo, así de arrugado y amargado, pero te equivocaste.
Eloísa mira fulminante a Isabela. El primer policía se acerca a la primera.
Policía 1: Disculpen, pero la señora debe acompañarnos.
Eloísa: ¡Yo no voy con ustedes a ninguna parte! ¡De aquí no me mueven!
Policía 2: Es mejor que no se resista o nos vamos a ver obligados a llevarla esposada por la fuerza, señora (Tomándola de un brazo).
Eloísa: (soltándose) Infelices. Ni se les ocurra hacer eso. Yo puedo caminar sola con mi bastón.
Eloísa se ve resignada a ser llevada por los policías, pero antes de salir de la habitación, le habla por última vez a su hija con los ojos entrecerrados.
Eloísa: Te vas a arrepentir de esto una vez demuestre mi inocencia. ¡Travestona desgraciada!
Isabela le voltea el rostro con indiferencia para evitar verla. Eloísa finalmente sale de allí escoltada por los policías y la primera no puede evitar ponerse solloza.
Isabela: (a la empleada) Muchas gracias por tu ayuda, niña sirvienta. Creo que de no haber sido por ti que pusiste la porquería esa en el cofre cuando te la entregué, no habría podido hacer nada yo sola.
Empleada: Tranquila, doña Isabela. Cuando usted me llamó para citarme y pedirme ese favor, no lo dudé. Me perdonará usted, pero la vieja de su madre me tenía harta. A todos los empleados nos trataba como esclavos y bien merecido se lo tenía.
Isabela: (suspirando) Tú no eres la única a la que tenía harta, pero bueno. Espero haber hecho lo correcto esta vez.
Isabela limpia con delicadeza las lágrimas de sus ojos cuando recibe una llamada en su celular que no tarda en contestar.
Isabela: Hola, niña Margarita. ¿Cómo estás? Disculpa que anoche no te avisé que no pasaría la noche en tu casa, pero mi prometido me invitó a comer y me quedé con él (Hace una pausa) Tranquila, mi corazón. Yo sé que estabas preocupada, pero no llores. No me secuestraron (Pausa) ¿Qué? (Se sorprende) ¡Oh, santo cielo! ¿Cómo que la secuestrada fueron tú y la niña Mariela? (Pausa) Por el bastón de mi arrugada madre. Está bien, ya mismo salgo para allá.
La diva cuelga su celular y lo mete en su bolso para luego salir con prisa de allí.
INT. / HOSPITAL, PASILLOS / DÍA
Iván camina algo desanimado y pensativo por la conversación que sostuvo con Andrea momentos antes. Agustina está sentada, por lo que él toma asiento a su lado.
Agustina: ¿Cómo vio a mi muchacha, joven?
Iván: Bien la verdad. Creo que fue más el susto que pasamos. Puede que pronto le den de alta.
Agustina: Eso me deja más tranquila. Me da es lástima por el bebito que venía en camino. Me hacía mucha ilusión pensar que iba a tener un nieto.
Iván: Me imagino. Yo también me llegué a hacer ilusiones por un momento con ser papá, pero a lo mejor las cosas pasaron así por algo.
Agustina: ¿Por qué lo dice?
Iván: Andrea no hubiera sido una buena madre, señora. Dígame usted qué clase de mujer utiliza a sus hijos para cuidar sus intereses así como ella pretendía hacerlo.
Agustina: Me cuesta decirlo, pero debo darle razón. Andrea no está preparada para ser mamá y mucho menos para venir a formar una familia. Créame que lo siento mucho por usted que debe quererla tanto.
Iván: Si, no se lo niego. Andrea significa mucho para mí. Me enamoré de ella a pesar de que por ese entonces era novia de mi amigo Matt, pero ya ve usted. Ella siempre me usó y me humilló.
Agustina: Y le pido perdón en nombre de ella (Tomándolo de las manos). Yo no quiero justificar las cosas que Andrea ha hecho de mala fe, pero ella no tuvo una vida fácil desde niña, joven.
Iván: Algo pude escuchar anoche cuando conversaba con el padre Armenteros. Decía usted que estuvo en la cárcel, ¿no?
Agustina: Sí, aunque es una historia muy larga, usted me inspira tanta confianza que me parece justo que la sepa. Verá usted, mi matrimonio fue un infierno. El papá de Andrea me enamoró cuando trabajé para él en la misma boutique que ahora maneja mi hija, pero sólo me tenía como una de sus conquistas y cuando resulté embrazada, se vio obligado a casarse conmigo por presión de sus padres.
Iván: Vaya, qué mal eso. Debió ser una situación muy complicada para usted.
Agustina: Sí que lo fue. A ojos de todo el mundo yo era una oportunista que se acercó a él por interés. Él mismo me lo recalcaba varias veces. Me era infiel con cuanta mujer se le diera la gana y los problemas no faltaban.
Agustina hace una pausa sintiéndose afligida al recordar y baja la cabeza.
Agustina: En más de una ocasión me pegó y Andreíta lo presenciaba todo. Me acuerdo bien que hasta se escondía debajo de la cama para no escuchar los gritos y las discusiones, y eso la hizo llenarse de mucho rencor.
En una serie de escenas pasadas, se enfoca lo que la anciana relata.
Agustina: Hubo una noche en especial que el muy descarado, que en paz descanse, llegó borracho y le reclamé. Me dijo cosas horribles y me empezó a pegar como de costumbre…
Andrea de niña, observa desde la puerta de su cuarto, con los ojos llenos de lágrimas, a su padre maltratando a su madre.
Agustina: Andrea tenía nueve años en ese tiempo. Ella no entendía qué era lo que pasaba y en un arranque, por defenderme y parar con la discusión, empujó a su papá por las escaleras.
En efecto, se puede ver a la pareja discutir a gritos acaloradamente. El hombre abofetea y jala del cabello fuertemente a Agustina, por lo que Andrea se interpone entre ambos y empuja a su padre, quien pierde el equilibrio y cae por las escaleras de la casa.
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE ANDREA / DÍA
Andrea se encuentra en su habitación, recostada en la cama con las manos puestas sobre su vientre y recordando también. La joven mujer mira pensativa al vacío.
Agustina: (voz en off) El golpe que se dio en la cabeza en la caída fue tal que lo mató y cuando llegó la policía, por proteger a la niña, no vi de otra que culparme yo del accidente.
INT. / HOSPITAL, PASILLO / DÍA
Vuelve a enfocarse la escena de Agustina hablando con Iván. Ella llora e Iván la escucha con atención.
Agustina: Yo le prometí que iba a volver y que todo iba a estar bien, pero me fue imposible. Me condenaron a diez años en la cárcel. Las influencias de la familia de él también ayudaron a que ni me pudiera defender y a la niña se la llevaron para un hogar de paso mientras cumplía la mayoría de edad.
Iván: (sorprendido) Dios, qué tragedia.
Agustina: El shock la hizo volverse una niña agresiva e incluso estuvo internada en una clínica de esas psiquiátricas, además, sus abuelos que ya también se murieron, la envenenaron tanto en mi contra que Andrea se terminó por creer que yo de verdad había matado a su papá.
Iván: Dicen por ahí que a eso se le llama memoria selectiva. Es como si ella se hubiera olvidado por completo de lo que pasó y creó otro recuerdo como mecanismo de defensa o algo así para sobrellevar el trauma que le causó el haber matado a su papá.
Agustina: Sí, eso mismito me habían explicado a mí antes y ahí ya ve usted la razón por la que me detesta y por la que no me perdona lo que pasó.
Iván: Sí, ahora veo por qué y esto explica muchas cosas de su comportamiento. Yo no se lo dije hace un rato, pero ella sigue pensando que está embarazada a pesar de que ya varias personas le hemos dicho que perdió al bebé en el accidente.
Agustina: (llorando) Entonces, se va a volver a repetir la misma historia y lo que menos quiero es que mi muchacha sufra otra vez. Ella ya pasó por mucho por mi culpa.
Iván: Yo no digo que esto sea su culpa, doña Agustina. Ahora que usted me contó la historia, le doy la razón al padre cuando le decía anoche que hay cosas que no podemos controlar y se nos salen de las manos, y ese fue el caso de ustedes. No se sienta culpable.
Agustina: Pero algo debo hacer esta vez. No la puedo dejar sola como hace ya casi veinte años.
Iván: Y no lo hará, pero debemos tener claro que Andrea necesita ayuda profesional. Es inútil que nosotros la hagamos entrar en razón porque ella se va a seguir empecinando en creer que sigue embarazada y no sólo eso, sino que usted fue la que mató a su papá.
Agustina: Ay, no sé, joven. No quiero que me termine de odiar más de lo que ya me odia.
Iván: Puede que por ahora sí nos odie a todos, pero más tarde con un buen tratamiento nos lo va a agradecer.
Agustina: (afligida) ¿Usted cree?
Iván: No creo. Estoy seguro. Es por eso que tenemos que hacer algo por ella ahora o nunca, y ya que usted es su mamá, puede autorizar que la internen en un psiquiátrico dando cuenta de los antecedentes que tiene.
Agustina: Yo sólo espero que de verdad eso sirva de algo y que Andrea pueda volver a ser la misma de antes. Eso es lo que más quisiera.
Iván: Y lo será, se lo aseguro. Usted va a recuperar a su hija, doña Agustina.
Iván la conforta frotándole la espalda. Agustina intenta sonreír un poco sintiéndose más tranquila.
INT. / HOSPITAL, SALA DE ESPERA / NOCHE
Ha caído ya la noche. Margarita, Matt, Isabela y Armenteros se encuentran en la sala de espera del hospital aguardando noticias sobre el estado de salud de Mariela. Todos están sentados.
Matt abraza a su novia de lado mientras que Armenteros reza el rosario con una camándula. Isabela está precisamente sentada al lado de él y se ha quedado dormida, roncando y apoyando su cabeza sobre la cabeza calva del sacerdote, quien reza muy concentrado con los ojos cerrados.
Margarita: ¿Cuándo será que nos van a dar más noticias? Me estoy empezando a volver loca de la desesperación sin saber nada acá sentada.
Matt: Yo también quisiera saber algo ya, pero nada ganamos con desesperarnos, mi amor. ¿Por qué mejor no te vas a descansar a tu casa? Te puedo pedir un taxi y yo me quedo aquí pendiente.
Margarita: Gracias por preocuparte por mí, Matt, pero mientras no tenga la seguridad de que doña Mariela está bien no me voy a ir. Ella debe cumplir la promesa que me hizo.
Matt: (extrañado) ¿Qué promesa?
Margarita: (solloza) Me dijo cuando entré a verla esta mañana que esta vez no me iba a dejar sola y yo tampoco pienso hacer lo mismo. Por eso debo estar aquí.
Matt: (pensativo) Margarita… Yo sé que ahora no es el momento más adecuado para que hablemos de esto, pero te juro que no he tenido paz pensando en lo que me dijiste anoche. ¿Cómo es eso de que Mariela es tu mamá?
Margarita: Me enteré hace unos pocos días cuando escuché precisamente a mi mamá Lorenza y al padrecito Armenteros hablando.
Matt: Sigo sin entender. Mariela nunca le dijo a nadie que tenía una hija y que justo eres tú.
Margarita: Porque ella tampoco sabía que yo era su hija, Matt. Doña Mariela también lo descubrió hace poco. Mi mamá y ella fueron amigas hace muchísimo tiempo.
Matt: ¿Cómo que amigas? Entonces, ¿ya se conocían?
Margarita: Sí y tú no lo sabes, pero las dos fueron muy pobres. Doña Mariela, por necesidad, me dejó a cargo de mi mamá Lorenza mientras podía volver por mí.
Matt: ¿Y no lo hizo? ¿Mariela nunca regresó por ti?
Margarita: Sí, pero mi mamá se estuvo escondiendo de ella todos estos años sin dejar rastro. Doña Mariela me buscó sin descanso hasta que mi mamá, arrepentida de haberme apartado de ella, la contactó para decirle la verdad.
Matt: (agobiado) Increíble. Es demasiada la casualidad. Mariela incluso fue quien te dio el trabajo en la empresa sin imaginarse nada.
Margarita: Imagínate como me sentí yo cuando me enteré. Fue como si se me hubiera derrumbado el mundo. El día que fui a tu casa precisamente fue el día que lo descubrí. ¿Te acuerdas? Y quise contártelo, pero preferí esperar. Tenía miedo de que cambiaran las cosas entre nosotros.
Matt: No te preocupes.
Matt la abraza y le da un beso en la frente.
Matt: Entiendo que fue un golpe duro para ti enterarte de una verdad de esa magnitud, pero ya pasó y ahora lo importante es que tanto tú como Mariela puedan estar juntas como debe de ser.
Margarita: (sonriéndole levemente) Gracias por entenderme, mi amor.
Matt: En cuanto a Mariela, supongo tuvo sus razones para habernos ocultado su pasado a mi papá y a mí, aunque no creo que lo haya hecho mala intención.
Margarita: De seguro que no. Ella es un ángel de persona con decirte que es la mujer más buena que he podido conocer. Me siento muy orgullosa de que sea mi mamá y algo me dice que debe estar luchando en estos momentos como se lo pedí.
De repente, el doctor encargado hace aparición en la sala de espera.
Doctor: Buenas noches.
Todos los presentes se ponen de pie de inmediato y responden el saludo al unísono.
Margarita: ¿Qué noticias nos tiene de mi mamá, doctor?
El doctor guarda silencio mirándolos a todos con notable seriedad. Todos los demás lucen angustiados y expectantes frente a lo que éste les va a decir.
CONTINUARÁ…










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